LA TERCA REALIDAD se nos muestra con toda su indecencia, muy poco amable, fea, a veces incluso rozando lo cutre. Parece como si mantuviera con nosotros un pulso con el fin de medir nuestra capacidad de supervivencia, nuestra fuerza para ganarle, hora a hora, día a día, una batalla que no le hemos declarado. La terca realidad se empeña en hacer añicos nuestros sueños y a saber si lo hace porque siente celos. Si yo fuera ella, hoy, por ejemplo, mientras escribo estas líneas desde Barcelona, me sentiría mal, celosa, con razones fundamentadas para estarlo. Hay instantes en que es de obligada higiene desertar de la realidad y sentir un estremecimiento sincero de felicidad, o pasarse un día entero en estado de gracia porque cuanto ocurre a tu alrededor ha recobrado la cadencia y la armonía que parecían perdidas o muertas. Eso es lo que ocurre cada 23 de abril en la Ciudad Condal. Les invito a que vengan a verlo cuando tengan ocasión si no lo han hecho ya. Seguro que no se sentirán defraudados. En esta fecha, cada año se cumple el mismo ritual y siendo el mismo es cada vez distinto. Ningún publicista, ningún decorador podría emular, por mucho talento y dinero que hubiera por en medio, el escenario espontáneo en el que se multiplican los colores, la multitud, los libros y las rosas. Ningún artista conseguiría un decorado tan perfecto como el que revivo cada año y que terco él, trata, y lo consigue, de quitarle razón al poeta T. S. Eliot cuando afirma en uno de sus maravillosos versos que abril será siempre el mes más cruel. Desde que tengo uso de razón vengo celebrando en mi ciudad este Día del Libro, el más festivo de todos los días laborables. Durante casi diez horas unos cien escritores venidos de todas partes de España y del mundo firman sus libros en las calles más céntricas de la ciudad. Por grande que sea la calle no cabe una mosca y nadie se queja: por un día nos sabemos multitud porque queremos ser multitud y pobre de aquél que no lo sea. Se calcula que al finalizar el día se habrán vendido un millón y medio de libros y el número de rosas vendidas puede ser el doble. Porque la tradición manda regalar una rosa además de un libro. La leyenda de san Jordi que logra vencer al dragón, es decir, al Mal, parece traspasar la ficción y hacerse realidad, como el beso furtivo nos hace felizmente más humanos. Pruébenlo.