. Después de la mucha vida que me empieza a resultar exigua, observo la justeza de tal sentencia que decían los paisanos de la Terra Chá. De paso se la propongo a las mujeres que se movilizan estos días; tal vez puedan plasmarla de lema en las banderolas. La tenía olvidada, pero tras una semana de hablar gallego se me reverdecen muchos recuerdos de niñez. La verdad es que con el paso del tiempo y la adquisición de una cultura libresca la había sustituido por otra de Gracián, más culta y sin duda equivalente: « Son necios todos los que lo parecen y la mitad de los que no lo parecen» . Por un juego de ideas irracional, la primera frase vino en mi ayuda el 14 de abril en Ourense, donde se celebraba el aniversario de la proclamación de la II República. ¿Qué podía decir un convencido a una concurrencia de 300 convencidos, sin caer en discursos inflamados o en lugares comunes, que es lo mismo? Mientras me presentaban pensé en Gracián y en los homiños . Y que hay República hondureña, República del Congo, República de Ucrania y República Dominicana entre cien otras, de las cuales ninguna me convence, aunque si he de elegir prefiero la de Robespierre en Francia a finales del siglo XVIII. Soy hijo de la República, mas era un bebé cuando le echaron las guerras encima, y durante su agonía descubrí que eran republicanos crípticos mi padre, Lois Peña Novo, el barbero Severino, el panadero Benigno y otros que con el paso de los años me resultan más queridos. Ellos querían una República de verdad, realmente laica y socialista, y es la que me quedó inculcada para siempre. Lo dije en Ourense. Si es para pasar a una como las cuatro citadas, más vale quedar como estamos, virgencita de Lourdes. Y pienso que hace un mes íbamos hacia una República autoritaria, católica e integrista. ¡Uf¡ En Pontevedra fue diferente. Es inexplicable que una ciudad de media importancia reúna tal variedad de intelectuales y estudiosos. Y aquí lo mismo: ¿a santo de qué iba yo a hablarles en la clausura, cuando la gran frustración de mi vida es no haber estudiado filosofía? Cuando terminé el bachillerato quería dejar el piano y dedicarme a ella. Pero necesitaba hilar muy fino. No debía hablarle a mi padre de letras, pues estudios de esta índole implican una vocación. Le diría que abogado, y una vez en la universidad podría matricularme de lo que quisiera, pues ni se iba a enterar. Y ya de entrada me atajó, citándome a Blasco Ibáñez: «En España todo el que no tiene vocación estudia abogacía». Y me soltaba una retahíla de estudiantes jóvenes de Vilalba dedicados a esa carrera, que empezaba por los Fraga Iribarne, Pepe y Manolito. Otros recuerdos de infancia, que al llegar aquí me asaltan a ciento: oigo en la radio que el Vaticano critica la decisión de Zapatero de retirar las tropas de Irak. De niño hubiera dicho que por qué Juan Pablo II no envía a la guardia suiza, tan valiente, tan bizarra. Y presencio por la quinta cadena de televisión un debate sobre los homosexuales y el matrimonio. Un sacerdote de la tertulia machaca con argumentos como el de la procreación obligatoria y sagrada. Mi primera reacción sería decirle que procreara él. Realmente, encima de que los hombres somos más escasos que las mujeres, es una pérdida de espermatozoides el que no se aprovechen los de una parte de la gente masculina. Otro recuerdo de mi niñez me obliga a rectificar. Estaba en misa de doce predicando el cura Adolfo Pato: «El otro día pasé por el río y estaban unas mujeres lavando con las cachas al aire. ¿Y si en vez de pasar yo pasa un hombre, qué?».