TODAVÍA hay gente que lo ve un poco apagado, perdido en la nebulosa de los pactos e incapaz de concretar las líneas de su Gobierno. Pero Rodriguez Zapatero está cuadrando una faena fantástica, cuyo resumen podría hacerse diciendo que salió secretario general a la primera, ganó las elecciones a la primera, sacó la investidura a la primera, hizo un Gobierno de primera, toreó las intrigas de partido como un jabato, amansó a los nacionalistas y a Llamazares sin dar un paso más de lo previsto y pasó a ser un líder clave en la política europea antes incluso de tomar posesión. Por eso titulé, en tercera persona, con lo que él mismo dirá, en primera, mientras sube despacito al Palacio de la Moncloa: « Veni, vidi, vici ». A Carod-Rovira lo contentó con la reforma de Maragall. Al BNG le dio la subcomisión de seguimiento del Prestige que no avanzó en su discurso. A Coalición Canaria les firmó el mismo cheque que le habían firmado Aznar y González. A los ecologistas les regaló la revisión del Plan Hidrológico. En Llamazares personalizó la promesa de retirar las tropas de Irak. Y a los dirigentes del PNV los desactivó invitándolos a café y prometiéndoles un trato normal y digno. Y así, sin gastar nada que no estuviese previsto, consiguió lo que parecía imposible: dejar al PP más solo que la una, y encerrar a Rajoy en un discurso rancio y descontextualizado, en el que sólo se ve la añoranza de aquella mayoría absoluta y aquella prepotencia engolada que desechamos el día 14 de marzo. ¿Y qué nos dio a los ciudadanos? Pues algo tan secillo como un cambio de clima. Porque, lejos de aquella situación en la que todo era problema y en la que los malos pululaban como las moscas, estamos entrando en la que se puede discrepar sin ser descalificado, y en la que se pueden hacer propuestas que pueden no ser aceptadas, pero que no convierten al autor en un peligroso apestado. Por eso se ha rebajado tanto el nivel de estrés de la política, y por eso hemos dejado de ver el terrorismo como un juicio de Dios manejado a su antojo por modernos inquisidores. Manuel Marín estuvo bien. Dejó hablar a la gente, respetó a todo el mundo, y no dio la sensación de ser el escudero protector del candidato. Y el conjunto de los portavoces de la izquierda y el nacionalismo hicieron un magnífico papel, demostrando, ante todo, que son muy razonables. Aznar, el asociado de Georgetown, parece ya un mal sueño. La Constitución para Europa está encarrilada. Al imperialismo de Bush le ha entrado una chinita en las botas. La ONU tiene un valedor. Y algunos avances sociales han empezado su camino sin temores ni acritudes. Un enorme milagro que nos reconcilia con la política.