SI NO FUERA por las preocupaciones que nos acosan, este sería el país de la felicidad. Pero es inevitable que trastoquen nuestra dicha. Cada uno con las suyas. El nuevo profesor asociado de Georgetown no logra descansar pensando qué hacer con la pista de pádel que no le cabe en su nueva residencia. Beckham está preocupado porque sus infidelidades amorosas hacen peligrar su imagen de marido ejemplar. Y los gallegos, sin poder conciliar el sueño pensado qué va a ser de nosotros. Rodríguez Zapatero hizo ayer un discurso de investidura elogiado por casi todos. Amable, correcto, sensato y conciliador. Y preocupante. Sobre todo, muy preocupante para los gallegos. Porque nuestro añorado Plan Galicia quedó adosado al «conjunto de actuaciones previstas para Canarias», que «tienen carácter más localizado», y que forman parte de las «grandes obras de vertebración del territorio nacional», según sus propias palabras. Decididamente éste tampoco es nuestro año. Resulta llamativo que después de los compromisos adquiridos por los socialistas en precampaña, campaña y poscampaña; después de que el Parlamento gallego instara al cumplimiento del plan; después de que por activa y pasiva se nos transmitiese serenidad y confianza, el nuevo presidente se despache nuestro futuro en sólo cuatro palabras: «... como el Plan Galicia...». Dentro de una exposición de veinte folios. El Plan Galicia es un derecho adquirido. Tristemente emanado de una catástrofe sin precedentes. Que rompió nuestras vidas. Y por eso ni podemos, ni vamos a renunciar a que se lleve a cabo plenamente. Aunque lo cierto es que ayer Zapatero volvió a instalarnos en el pesimismo inicial. Cuando decíamos que se trataba de una espectacular fantasía. Y de una fumarada. Es decir, que estamos como anteayer. Preocupados.