SI NO FUERA por las preocupaciones que nos acosan, éste sería el país de la felicidad. Pero es inevitable que nos intranquilicen y que trastoquen nuestra dicha. Cada uno con las suyas. El nuevo profesor asociado de Georgetown dedica horas de sueño a pensar qué hacer con la pista de pádel que no le cabe en su nueva residencia. Beckham está preocupado porque sus presuntas infidelidades amorosas hacen peligrar su imagen de marido ejemplar. Y el Parlamento gallego está que no descansa pensando que Rodríguez Zapatero no lleve a cabo el prometido Plan Galicia. Resulta llamativo que la misma Cámara que ahora se ha mostrado tan diligente por exigir el cumplimiento del plan que nos va a sacar del atolladero, no dudara en rechazar otras muchas cuestiones de no menos relevancia. Como, por ejemplo, las investigaciones del Prestige , debates sobre la estrategia de autogobierno, o el Proyecto de Ley de Ordenación Sanitaria. O, ayer mismo, una propuesta de ley gallega para la educación no universitaria. La misma Cámara que rechazó decenas y decenas de peticiones de comparecencias y de mociones de la oposición. La que ahora se apresura a exigir el Plan, no mantiene la misma actitud ante cuestiones de tanta entidad como puede ser la de que seamos capaces de superar los índices de bienestar social que soportamos. El Plan Galicia nos compete a todos. Es cierto. Y por eso no podemos renunciar a que se lleve a cabo plenamente. Pero el acuerdo de ayer de instar a Zapatero a que se comprometa a su cumplimiento tiene el mismo valor que un sermón dominical. El Gobierno socialista no va a incumplirlo más de lo que iba a hacerlo el popular. Porque quienes mantuvimos desde el primer día que se trataba únicamente de una espectacular fantasía, seguimos pensando lo mismo. Que el plan es una fumarada.