La semana ZP

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

EL PRÓXIMO jueves se celebra la sesión de investidura, a cuyo término se hará realidad el criticado eslogan del ZP. Antes hemos tenido que soportar un mes de interinidad mal llevada y con una arriesgada reinterpretación presidencialista del sistema electoral, que, en contra de la encomiable intención de mostrar eficacia y buen hacer en la transferencia del poder, devino en un total ninguneo de la Corona. La resultante de este proceso es que el Rey se vio obligado a hacer consultas sobre el candidato cuando ya se conocía el Gobierno, y después de que José Bono, en un arranque de protagonismo enfermizo que no augura nada bueno, escribiese una insólita carta al ministro Trillo y se dejase arrastrar junto a Rumsfeld como un pardillo. Manuel Marín tendrá que esforzarse mucho para darle interés a una sesión de investidura que sabe a plato recalentado. Y Rodríguez Zapatero deberá mentalizarse en su condición de aspirante, para no dar la incorrecta sensación de cuasi-presidente que ofreció durante cuatro semanas. Porque uno de los signos de renovación de la vida política será el talante con el que se desarrollen los debates en la Carrera de San Jerónimo, y porque todos deseamos superar las rígidas formas de aquella presidenta Rudí que siempre ejercía su autoridad conforme a tres criterios básicamente equivocados: que el presidente del Congreso es, antes que nada, un cronometrador; que los grupos pequeños y los diputados del Grupo Mixto sólo sirven para estorbar la acción de los grandes; y que Aznar era un gobernante tan bueno y tan listo que no nos lo merecíamos. La sesión de investidura va a servir para desvelar las nuevas formas de la política, y para saber si los grandes debates -como la guerra de Irak y la Constitución para Europa- van a ser algo más que la pura escenificación de acuerdos hechos en los cenáculos o de dogmas nunca discutidos que marcan las pésimas inercias de nuestra política. Ese día vamos a saber si el discurso antiterrorista sigue siendo un enchorizado de tópicos, recitado bajo el síndrome del patriotismo más rancio, que impide manejar con racionalidad los hechos de la política nacional e internacional. También vamos a enterarnos si se sigue creyendo que las leyes cambian la realidad, y que sólo con leyes se combaten algunos hechos como la violencia de género. E incluso vamos a ver cómo se entiende desde ahora -con Maragall e Ibarretxe- la España de las autonomías. Por eso es muy importante saber si nos va a gobernar el Zapatero que vimos en la oposición, o el ZP que ganó sus elecciones entre el 11 y el 14 de marzo. Porque con el primero iríamos aviados. Y con el segundo aún nos queda mucha tela por cortar.