Irak: de salida, sí

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

LA OPINIÓN se lee en las cartas al director de los periódicos y se oye en las conversaciones de café a medida que la situación de Irak se convierte en un infierno: ¡nada se nos ha perdido en esa guerra!, ¡hay que retirar a nuestros soldados cuanto antes!, ¡que Bush se haga cargo de lo que él solito comenzó!, ¿es que no hemos tenido bastante con los atentados de Madrid? La indignación es, claro, comprensible. Y el miedo, que a todos se nos ha metido ya en las entretelas. Y también la tentación -humana, como pocas- de creer que existen soluciones sencillas para los problemas complicados. Es cierto, por lo demás, que nada se nos había perdido en un conflicto que se inició para acabar con unas armas finalmente inexistentes y para combatir un movimiento terrorista al que la guerra ha regalado, sin embargo, otra coartada para atraer nuevos fanáticos a sus filas criminales. Como es cierto que tiene poco sentido mantener en Irak un destacamento que dedica buena parte de su tiempo a protegerse. Y como lo es que Bush y sus halcones son los únicos responsables del comienzo de una aventura política y militarmente catastrófica, que ha contribuido de momento a todo lo contrario de lo que con ella decía pretenderse. ¿Qué decir, en fin, de la horrible tragedia de Madrid? Pues que muchísimos españoles están aún plena (e ingenuamente) convencidos de que nunca se habría producido de no haber estado nuestras tropas en Irak, por más que ahora traten de demostrar que no es así quienes hasta hace nada intentaron persuadirnos, en su propio beneficio, de todo lo contrario. ¡Vayámonos pues, en buena hora -oímos y leemos por doquier- y dejemos que el imperialismo arregle sus problemas si es que puede... y, si no puede, que se vayan también los americanos a su casa y dejen a los iraquíes gobernarse por su cuenta! ¿Así de fácil? ¡Ojalá! Pero no parece que las cosas sean tan sencillas. Más bien parece lo contrario: que, a la vista de cómo están las cosas en Irak, la peor salida para la zona de conflicto y para el mundo sería la de abandonar a los iraquíes a su suerte; que, por ello mismo, las decisiones sobre eventuales retiradas de tropas en Irak deben tomarse teniendo a la vista sus posibles consecuencias geopolíticas; y, por último, que esas consecuencias serían desastrosas si las cosas caminasen en el sentido de dejar a los americanos (y británicos) como únicos ocupantes militares y no justamente en el contrario. Felipe González incumplió en su día una solemne promesa electoral -la de sacar a España de la OTAN- con el argumento de que una cosa era no entrar y otra salir una vez dentro. Y la mayoría de los españoles supieron entonces entenderlo.