Vigencia napoleónica

| RAMÓN CHAO |

OPINIÓN

08 abr 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

¿QUÉ ES lo que queda de los grandes procesos sociales, que mientras se producen invaden totalmente la vida de los individuos a veces por el miedo y a veces por la ilusión? A juzgar por lo que vemos estos días en nuestros países (digo Francia y España), la respuesta podría ser algunas leyes capaces de expresar las nuevas costumbres y de marcar las pautas de la evolución social. Hace doscientos años Napoleón I hizo aprobar el Código Civil, que tiene todavía vigencia en Francia y no ha cesado de inspirar la ley en muchos otros países. Bonaparte ya no era el general revolucionario de su juventud, pero aún no se había convertido en el emperador de sus últimos once años en el poder. Su genio político le permitió comprender que después de un golpe de Estado y de un plebiscito dudoso, a falta de legitimidad, le convenía fundar su poder sobre la legalidad. Y para ello impuso la redacción de una constitución civil que suponía enfrentarse a la iglesia, a los privilegios de las noblezas provinciales y al derecho consuetudinario. Redactado por cuatro expertos y sometido a debate bajo la mirada exigente de Napoleón, el código puso fin a una larga historia de divergencias y conflictos. El gran Montesquieu se había declarado contrario a una homogenización que arrasaría con tradiciones arraigadas desde la Edad Media. Pero Rousseau consideraba necesario que lo que valía en Marsella, Lyon o Burdeos, valiese también en París, Lille o Rouen. Hasta entonces, en materia de derechos de la familia, de propiedad o de contratos, prevalecía la heterogeneidad. Napoleón optó sin vacilaciones por el autor de El contrato social . De los 2.283 artículos que lo componen, más de 1.200 no han sido alterados en lo más mínimo. No sólo es una proeza de pensamiento jurídico sino también de uso de la lengua. No en vano Stendhal podía confesar a Balzac en 1840, mientras escribía La Cartuja de Parma : «Para acertar con el tono y ser siempre natural, comienzo cada mañana leyendo dos o tres páginas del Código Civil». Pese a las actuales tensiones entre Washington y París, un juez de la corte suprema de Estados Unidos ha venido a Francia, para participar en las celebraciones del bicentenario del Código. Stephen Breyer no vacila en afirmar que junto a la Constitución de su país (que data de 1788), el Código napoleónico ha fundado los valores de las sociedades democráticas modernas. Esperemos que se aplique a él lo que Thomas Jefferson decía de los jueces supremos: «Nunca se jubilan y mueren muy raramente». En Francia será recibido por el jurista Robert Badinter, quien publica un libro de homenaje bajo el título de El bien más grande . Badinter destaca que el Código ha sido capaz de adaptarse para permitir los cambios más radicales de las últimas décadas, que se refieren al estatuto de la iglesia, de la mujer, a la familia y al reconocimiento de los hijos. Y hasta las muy recientes legislaciones sobre bioética y genética humana han sido incorporadas al Código de 1804. Comprobamos que en su exilio en Santa Elena, Napoleón tuvo razón cuando predijo: «Mi verdadera gloria no es haber ganado cuarenta batallas, cuyo recuerdo será borrado por la derrota de Waterloo. Lo que nada borrará y vivirá eternamente es mi Código Civil».