¿Quién crispa?: ahora lo veremos

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

CADA PERÍODO político ha tenido en nuestra historia reciente su palabra. Consenso fue la que definió la transición. Tras el consenso, el desencanto marcó el darnos de bruces con la cruda realidad de la política. Pero al desencanto siguió el cambio , que el primer González supo convertir en talismán de una transformación sin precedentes. Sin embargo, también el cambio acabó por naufragar, y surgieron entonces los términos que fueron como el Escila y el Caribdis de la última etapa socialista: renovación y corrupción . La alternancia democrática dirigida por Aznar abriría un nuevo ciclo, marcado por las palabras regeneración y segunda transición , que dieron, con el tiempo, en lo que ahora pretende conjurarse: la crispación , vocablo que caracteriza, como ninguno, la fase final del azanarismo. Aceptado que la crispación ha definido los años 2000 a 2004, no ha habido, en todo caso, un acuerdo paralelo que explique su génesis y señale a sus verdaderos responsables. Lo políticamente correcto para el más inmaculado progresismo es acusar a Aznar y a su partido de ser los únicos culpables. Frente a esa teoría, algunos hemos defendido que, aun siendo la responsabilidad de Aznar indiscutible (sobre todo por su loco empeño en meternos en la horrible aventura de una guerra), la crispación resultaría incomprensible sin la decisiva aportación nacionalista. Es verdad que Aznar utilizó pro domo sua la espiral de ilegalidades que comienzan en Estella y se cierran con la vergonzosa entrevista entre Carod y la dirección de ETA militar. Pero lo es también que el independentismo ha planteado en la última legislatura un desafío contra las reglas de juego democrático al que el Gobierno tenía el deber constitucional de responder. Constatar que lo hizo con un talante autoritario y con la voluntad de utilizarlo en su provecho electoral no permite, sin embargo, responsabilizar al Gobierno por entero del clima que el independentismo acabó por provocar. En todo caso, el nuevo talante socialista, diametralmente opuesto al del PP, permitirá dilucidar al fin si la actitud de los nacionalismos ha sido una de las causas principales, o sólo la inevitable consecuencia, de la crispación que hemos vivido. El disparatado episodio de las suspensiones de la ley de calidad de la enseñanza, el apoyo nacionalista vasco y catalán a las selecciones deportivas autonómicas, o, en fin, la declarada voluntad del PNV de no bajarse de la burra, hacen temer que muy pronto podríamos ver a Zapatero y al PSOE culpados de lo mismo de lo que algunos nacionalistas han acusado, con una inconmensurable cara dura, al Partido Popular: de crispar la vida nacional.