El precipicio al final del túnel

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

LA PORTADA de La Voz resumía ayer, mejor que mil palabras, la tragedia que, en la lucha antiterrorista, angosta nuestro destino colectivo: junto a la noticia de la detención de dos peligrosísimos etarras, la del frustrado atentado contra el AVE, obra, probablemente, de grupos radicales islamistas. Es como si a la salida del túnel del horror, en lugar de la luz, nos aguardase la negrura de un hondo precipicio. La salida del túnel, sí, pues, aún con prudencia, todo parece indicar que ETA atraviesa el peor momento de su despiadada trayectoria criminal. Ese logro histórico, resultado de una lucha sin cuartel contra el terror, nos ha exigido hacer juntos un larguísimo camino hasta aceptar como verdad incuestionable que la culpa de los atentados terroristas es sólo de sus autores y de quienes los jalean. ETA no está justificada por la historia, ni por un conflicto que, de existir, no sería otro que el provocado por la presencia de los propios pistoleros. Hemos sufrido mucho hasta aceptarlo. Pero sólo tras esa aceptación hemos acumulado el impulso necesario para tratar de erradicar, de una vez por todas, el delirio criminal más cruel de nuestra historia. Mal estaría, por eso, que no admitiésemos ya, respecto a Al Qaida, lo que respecto a ETA hemos tardado tanto en aprender: que sólo quienes ponen las bombas o utilizan las pistolas son culpables del horror provocado por sus crímenes. Que no hay coartadas. Y que no pueden aceptarse responsabilidades compartidas entre quienes utilizan el chantaje del terror y quienes tienen la obligación legal de combatirlo. Al Qaida amenazó ayer, al parecer, con cometer más atentados si España no abandona Irak en treinta días. Ello supone un chantaje intolerable. Zapatero, que prometió retirar las tropas si no se daban ciertas condiciones mucho antes de los atentados de Madrid, debe decidir, cuando sea Presidente, lo que estime conveniente. Y su decisión, sea la que fuere, de ajustarse a su compromiso, será democráticamente irreprochable: lo será, si optase por la salida de las tropas. Y lo será, también, si decide finalmente, con todas sus consecuencias, lo contrario. Porque la política exterior de los Estados democráticos la determinan, de acuerdo a la legalidad internacional, sus órganos de poder y no los terroristas. Aceptar su chantaje criminal constituiría una tragedia. Ni Aznar fue responsable de los atentados de Madrid, ni Zapatero, decida lo que decida sobre Irak, lo será nunca de ninguna acción criminal que (Dios no lo quiera) pudiera producirse en el futuro. Abandonar este principio sería una forma de claudicar y de echarse, atados de pies y manos, en brazos del terror.