NUESTRA HISTORIA autonómica vivió un inicio controvertido cuando el Parlamento tuvo que adoptar la decisión sobre la sede institucional. La ciudadanía de Santiago esperaba en casa una resolución que consideraba fuera de cuestión, mientras sus representantes políticos nos batíamos el cobre para conseguirlo, y A Coruña reivindicaba en la calle con los suyos lo que creía que le correspondía. Desde la perspectiva de hoy, quizá A Coruña fuera entonces la solución económicamente más rentable a corto plazo, pero Compostela, dada su posición central y radial, y dejando la simbología aparte, lo ha sido a medio plazo para la articulación y el equilibrio de Galicia. Más tarde, la segregación de las universidades, los aeropuertos, los auditorios, las orquestas, el estatuto de capitalidad,... han sido otras tantas fuentes de polémica y competencia. Era normal que las ciudades, que habían estado vacías de proyecto durante tantos años de franquismo, anhelasen dotarse de toda clase de equipamientos y servicios. Hoy en día sigue siendo comprensible que en el sistema gallego -como acontece en todas las regiones policéntricas- la competitividad esté presente en las relaciones interurbanas. Lo que ya no es tan normal es que no esté acompañada de una cooperación suficiente y una confianza institucional; que cada vez que salta un tema a la palestra se ponga en entredicho el conjunto de relaciones con planteamientos que llegan hasta la diferencia de aportaciones fiscales, argumento que se repudia cuando alguna comunidad autónoma más rica lo plantea, aduciendo que España se rompe. La realidad, una vez más, se impone. Los ciudadanos, con nuestras relaciones económicas, sociales y culturales cotidianas, hemos tejido una red de intereses por encima de lo que esta política, más electoral que real, pueda denotar. Hoy las urbes intercambian sus espacios y actividades con una normalidad que la autopista y las autovías, que no fueron una navallada , ¿se acuerdan?, han logrado urdir. El Parlamento de Galicia acaba de consensuar -albricias, aunque con un poco de retraso- el planteamiento de directrices territoriales. Las áreas metropolitanas, en mayor medida las de A Coruña y Vigo y a otro nivel la de Santiago, tienen un campo de trabajo vastísimo. El puerto exterior de A Coruña tendrá que desarrollar su complementariedad con el de Ferrol, y deberíamos de conocer las vinculaciones que ambos van a comportar para Galicia. La operación urbanística del litoral coruñés necesita más que nunca buena arquitectura, ya que puede cambiar sensiblemente el perfil de la ciudad, y su patrimonio arquitectónico y las áreas densas detrás de la maravillosa costa demandan rehabilitación. De igual manera, hay que saber qué ventajas reportarán a las otras poblaciones la Cidade da Cultura y el Xacobeo 2004, o cómo deben complementarse tres universidades en caída demográfica, o por qué no se dispone todavía de un sistema eficaz de intercomunicación de los tres aeropuertos, LCG-SCQ-VGO, con tecnología punta y tarifas y horarios que garanticen los flujos territoriales. Compostela no puede quedarse cómodamente sentada sobre sus apoyos sin movilizar la iniciativa empresarial, ni A Coruña enrocarse en un exceso de autoestima, como si no existiera nada más allá de la Ponte do Burgo, mientras el expansivo sistema de ciudades de la nueva Europa está tejiendo cada día relaciones más intensas y fructíferas entre ellas.