EL SEÑOR AZNAR se quejó de lo mucho que dura el traspaso de poderes. En efecto, han pasado ya diecisiete días de las elecciones. Zapatero ha tenido tiempo para encontrar mujeres suficientes para hacer un gobierno paritario, que tiene mérito. Hubo los primeros intentos de pacto fracasados, quizá porque uno de los interlocutores era el Partido Popular. Hemos visto indicios de rebelión autonómica, como debe ser. Y, sin embargo, Aznar y sus ministros siguen en funciones. La situación, si se quiere, es divertida. El partido del gobierno está haciendo nombramientos para ejercer la oposición. El partido de la oposición está nombrando ministros. El presidente elegido todavía no ha sido investido en el Parlamento, pero todo el mundo sabe cuántas Elenas de Ourense tendrá en su gabinete. El presidente de Castilla-La Mancha da el visto bueno al relevo de tropas en Irak. Y así estaremos todavía dos semanas más. ¡Qué entretenida es la interinidad! Una tertulia radiofónica insinuó ayer que, en este río revuelto, ganan los pescadores, pero los de arrastre. Es decir, que empieza a calar la idea de que estamos ante un vacío de poder que es aprovechado por terceras personas o fuerzas políticas. Nadie se compromete con nada. Nadie firma un papel que no sea de estricto trámite. Los expedientes están paralizados. Hay pocos ministros en sus despachos, y los que están sólo se dedican a despedirse y a preparar los papeles que les han pedido para demostrar que se marchan «con las manos limpias, la conciencia tranquila y la cabeza alta», que es la consigna del legítimo orgullo aznarista. Ese vacío no afecta al funcionamiento de la maquinaria administrativa, que es tan imparable como lenta. Esa maquinaria es insensible a lo que pasa en las alturas. Incluso hay quien defiende que, sin ministros, las cosas mejoran razonablemente. Lo que ocurre es que en estos momentos de tránsito se está produciendo un fenómeno nocivo: una sensación de ruido de grillos, mezclado con un come-come de termitas, que afecta al engranaje del Estado y a la percepción de normalidad que debería llegar al ciudadano. Se habla de « rebelión» en autonomías a cuenta de la Ley de Calidad. Se oye un «mal empiezan» en boca de Zaplana. Las selecciones deportivas crean desasosiego. Se intuye crispación en la entrega del poder. Ignoro si hay aprovechados del río revuelto. Ignoro si han aparecido oportunistas que quieren sacar tajada. Pero un país que tiene abiertos temas tan serios como la estructura territorial del Estado no puede mantener una interinidad tan larga. Alguien tiene que ejercer la autoridad. Se supone que debería ser el señor Aznar, pero el martes, cuando le preguntaron por La Moncloa, respondió: «Yo ya no vivo allí».