LAS ENCUESTAS dicen que el presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, pierde popularidad, acosado por el desempleo y por algún caso de corrupción, y ya son más los que desaprueban su gestión que los que la defienden. Era ésta una evolución posible, previsible, pero no era un determinismo histórico, como pretenden los preconizadores del desencanto. Lula representa una gran opción de cambio que puede malograrse por zancadillas ajenas o por errores propios. Zancadillas de los conservadores no le han faltado, como era de esperar. Pero le empiezan a sobrar errores propios. Ese espectáculo de ministros enfrentados no es edificante ni da la idea de un proyecto bien definido. Lula ha aceptado que su segundo año de mandato es negativo para él y culpa a sus adversarios, pero no ha ofrecido medidas capaces de cambiarlo. Sabe que representa la opción más esperanzadora del cono sur y la de mayor proyección internacional de la América hispano-lusohablante, pero también empieza a conocer el tamaño real de los obstáculos que se le oponen. La esperanza es el mejor sostén del esfuerzo y no quiere dilapidarla, pero el tiempo lo apremia sin piedad, conforme a su implacable naturaleza.