ACOSTUMBRAMOS a decir que vivimos condenados a repetir la historia. Y aunque lo aseguramos sin demasiado convencimiento, nada mejor que recurrir a las hemerotecas para comprobar la autenticidad de tal afirmación. Lo acontecido en los últimos días, con la derrota electoral del PP y la despedida de José María Aznar, nos retrotrae a 1996. A aquel mes de marzo cuando el PSOE perdió las elecciones. Curiosamente Felipe González también hubo que abandonar la Moncloa por las dos mismos motivos por los que lo va a hacer Aznar. Por soberbio y mentiroso. Los GAL, la corrupción y el desgobierno fueron justificados de la misma forma en que el presidente en funciones acaba de hacerlo con la invasión de Irak, con el accidente del Yakovlev, y con el trágico atentado de Madrid. Obraron correctamente pero falló la comunicación. También ahora, igual que entonces, los perdedores precisaron de un autohomenaje. Para levantarse el ánimo. En Andalucía, claro, los socialistas, ante sus entusiastas, hablaron igualmente de un corto paréntesis en la oposición. De un «contratiempo electoral» y de una «pinza mediática», equivalente a la «conspiración mediática» actual. Y también entonces, como ahora, asistimos al ninguneo de sus sucesores y a reiteradas salidas de tono descalificantes y ofensivas para con los ganadores. González y Aznar nunca se soportaron. Tuvieron a gala no hacerlo. Porque cada uno consideró al otro carente de categoría y solidez. Y sin embargo, han construido un escenario de despedida idéntico. Por no entender por qué la sociedad les ha dado la espalda. Por no comprender que han ido de error en error. El poder tiene esas cosas. Que te ciega para reconocer tus propias vergüenzas. Y ya se sabe que quien cierra los ojos para no ver la herida, nunca abrirá la mano para curarla.