ANTE las reuniones que se han sucedido esta semana entre los líderes europeos, para tratar sobre las medidas dedicadas a mejorar la seguridad contra nuevos y posibles atentados, tenemos que pensar que los sangrientos sucesos de Madrid han conseguido remover los pilares de Europa. En efecto, el corresponsal de seguridad de la BBC, Frank Gardner, expresaba recientemente que «la seguridad europea se encuentra ante un nuevo reto». El atentado de Madrid ha demostrado que las células de Al Qaida se han extendido por toda Europa y pueden atacar sin previo aviso. Ya no se trata de aquella organización pseudomilitar-guerrillera que se entrenaba en los campos de Afganistán, al amparo de los talibanes. Ahora quedan allí unos restos que combaten con el ejército de Pakistán y fuerzas norteamericanas. Pero la organización ha pasado de ser una fuerza guerrillera visible a constituirse en una red de células terroristas extendidas por todo el mundo. Se trata, pues, de una nueva situación de seguridad, que para los europeos entraña riesgos múltiples. Nos enfrentamos a una red de organizaciones dispersas y camufladas en las comunidades pacíficas, que pueden activarse ante una llamada de los que ejercen el mando y financian estas actividades terroristas. Así se explica que se produzcan atentados de las mismas características en lugares tan alejados como los de: Indonesia, Turquía, Marruecos y España, todos ellos realizados por grupos terroristas independientes pero coordinados.