Para derrotar al terrorismo hay que conocerlo

| VOLKER ROSENKRANZ |

OPINIÓN

LOS DRAMÁTICOS sucesos acontecidos en Atocha no han de verse como una masacre aislada, como el atentado terrorista más grande de la historia de este país, sino como la primera parte de esta guerra en la que España -o quizá debería ser más conciso: el Gobierno español- ha decidido participar. La frase «¡Mr. president, we are under attack!» («Señor presidente, estamos siendo atacados») , pronunciada por el ayudante de Bush al ser atacadas las Torres Gemelas, también podía haberse dicho en España. Las primeras promesas del señor Zapatero después de los resultados electorales deberían haber sido «vamos a acabar esta guerra», porque miles de pancartas solicitaban lo mismo: paz. Y digo acabar porque de ninguna forma es posible ganar esta guerra. Y nombrar los actos de Madrid como corresponde, como actos bélicos. Si de verdad queremos que estos ataques no se reproduzcan, debemos enfrentarnos crudamente a la situación y escapar de la ambigüedad de los eufemismos. Los eufemismos no sólo intentan disfrazar la verdad -que sería lo menos grave-, sino que nos impiden tomar decisiones adecuadas, impiden analizar el verdadero problema despreciando la eficacia, tan crucial cuando estamos ante acontecimientos de esta magnitud. Admitir que España está en guerra es duro, y más cuando sabemos que ni España ni ningún otro país europeo está preparado para enfrentarse a este nuevo tipo de guerra. Centramos nuestra defensa en un sistema del siglo pasado con costosos buques, tanques, aviones y personal preparado para manejarlos. Hardware y software sofisticadísimos en los que se emplea una astronómica cantidad de presupuesto. Lamentablemente es un sistema obsoleto. Porque el enemigo ha elegido la guerra asimétrica. Carece de presupuesto y no espera condecoraciones ni pensiones vitalicias -salvo alguna promesa de abundantes vírgenes en el paraíso-. Y nos será difícil reconocerlo porque tampoco lleva uniforme ni bandera, ni se declara como combatiente. Y le traen absolutamente sin cuidado las Convenciones de La Haya. Pero, lamentablemente también, sus métodos son altamente eficientes. Pueden, por menos de 5.000 euros, traumatizar una nación. Un caza moderno cuesta 30.000 veces más que las bombas de Atocha. El PSOE ha prometido un gobierno de cambio y debería comenzar por cambiar los métodos de lucha. Aceptar que nuestros ejércitos, con sus sofisticadas armas actuales, no podrán vencer a este enemigo , sería un primer paso. Para elegir armas es necesario conocer al adversario. Nos encontramos ante un enemigo casi desconocido. No entendemos sus motivos, sus maneras, su lengua, sus deseos, sus sueños, sus miedos, su religión. Las fuerzas de coalición en Irak no hablan el idioma ni comen la comida del pueblo ocupado. Transformar esta situación deberá ser el primer paso del cambio. Debemos acercarnos a ellos. Invertir parte de los presupuestos de defensa en intercambio cultural. Contratar inteligencia iraquí para formar a 1.300 españoles -arquitectos, médicos, albañiles, policías¿-, hombres y mujeres dispuestos a ser embajadores españoles y a colaborar en la reconstrucción de Irak conviviendo con ellos, valorando su cultura, hablando la misma lengua. Coincide con los deseos de retirar las 1.300 personas que integran las tropas españolas sin que esto suponga un triunfo del terrorismo. El resultado de este intercambio será de alto valor emocional, demostrando el compromiso y respeto al pueblo iraquí y, para la economía española representará 1.300 enlaces con el mundo árabe, con todo lo que implica de inmenso valor añadido. El presupuesto anual de esta estrategia será inferior al de una moderna fragata, contabilizando sueldos a españoles y árabes, viajes, edificios y mantenimiento. La relación entre el pueblo español y el árabe es antigua. Existe incluso una deuda histórica hacia ellos. Revitalizar estos enlaces, aprendiendo, puede convertir los miles de potenciales guerreros -hoy les llamamos terroristas- en enamorados y defensores de la cultura española. Tal vez pueda parecer utópica, pero estoy convencido de que esta alternativa -puede haber muchas más- es una posible vía para poner fin a esta guerra, por imposible que de antemano parezca. Tan imposible como el resultado electoral del 14-M.