ACEPTANDO que en los últimos tiempos hemos entregado nuestra política exterior a los intereses norteamericanos, vamos a ver si recuperamos el rumbo. Y si tras el estrepitoso fracaso, somos capaces de decidir y apostar por lo que más nos interesa. Por ocupar el lugar que realmente nos saque del rincón de la historia. Y que nos coloque en el que corresponde a un país de la tradición del español. Que nuestra política exterior ha sido un fracaso no es discutible. Lo han dicho hasta las urnas. Porque la subordinación a la política de Bush no ha conducido a ninguno de los celestiales lugares que nos prometieron. Ni acabamos con el terrorismo internacional, ni Sadam disponía de armas de destrucción masiva. Ni, tampoco el mundo es mejor hoy que hace un año, por mucho que el ex presidente Aznar se empeñe en dejarnos la idea como testamento. El asesinato de Ahmed Yasín ha colocado a Oriente Medio en la peor de las situaciones imaginables. Máxime teniendo en cuenta que su sucesor Al Rantissi se nos presenta con unas credenciales de mayor violencia. La hoguera iraquí se reaviva por momentos. Como la de Afganistán. Y el tremendo atentado de Madrid nos revela que nadie está a salvo de la locura asesina. Ya no es posible dudar que el mundo es mucho menos seguro que hace un año. Cuando comenzaba a llover fuego sobre Bagdad. Nadie puede discutir que la situación a la que nos han llevado nos sitúa al límite. Ni que España tiene en todo ello una alta cota de responsabilidad. Creo que era Borges el que decía que cuando te ves metido en un túnel, estás al borde de la desesperación y atisbas una luz, puede que sea el final de la oscuridad o puede que un tren avance hacia ti a toda velocidad. Esperemos que sea el final de la negrura. Porque ya es difícil imaginar que esto pueda ir a peor.