SEMANAS ATRÁS les hablé de una estancia en Toulouse, donde celebré mi reencuentro con el querido Méndez Ferrín. Otras cosas me sucedieron en esa ciudad republicana y alegre, entre ellas, en cambio, un feliz desencuentro con un eximio paracaidista que se llama, creo, no sé cuántos. Parece ser que este no sé cuántos creó un nebuloso Círculo Cultural Gallego en cuyo comité fundador nos incluye a Ignacio Ramonet y a mí. Nos divisamos, pero ni hablarme. En cambio, no hace mucho abusó de la bondad de Ignacio para sacarle una foto y publicarla en un diario cuya línea ideológica dista kilómetros de Le Monde diplomatique , pongo por caso. Le dije a Ignacio que esto debería servirle de lección para dejar de ser tan acogedor y amable con cualquier no sé cuántos que se le presente. En Toulouse, y a esto quería llegar, me topé con una señora que conocí de niña, allá por los sesenta. Noruega, se llama Leila Boyssen. Recién llegado a París y una vez agotadas las becas, fui su profesor de piano. Tenía ella catorce años, desarrolladitos como suelen las nórdicas. Con ella, al amparo de la música y bajo el impulso de mis veintidós años, sentí el abismo de la pedofilila, aunque la cosa no pasó de roces furtivos y trato cariñoso. Tal vez para neutralizarme, su madre me organizó en el gran salón de la embajada el banquete de mi boda, donde Leila tocó con gracia las Escenas infantiles y el Álbum de la juventud de Schumann. Su padre era embajador de Noruega ante la OTAN. Un triste día me quedé sin alumna, con la falta que me hacía, pues al señor Boyssen lo nombraron embajador en Portugal. Meses antes, el embajador puso un anuncio en Le Figaro en el que pedía un profesor de portugués para él y su hija. Se presentó un estudiante, que les dio clases dos veces por semana, como yo el piano, pero en días que no coincidían con los míos, de modo que no lo llegué a conocer. Pasan los meses, Leila parece que aprende portugués y yo empiezo a buscar otro chollo para ganarme la vida. Se fueron a Lisboa. Al poco tiempo me llega una carta de la desesperada señora Boyssen. Resulta que en París habían aprendido un idioma que no le servía para nada en Portugal. Sus primeros tiempos fueron de adaptación, de modo que no les extrañó que no entendieran la lengua de Camoens. Luego empezó a crecer la angustia. ¿Serían ellos las primeras víctimas de la maldición de Babel: cada uno tendrá su propio idioma y llegará un día en que no nos entendamos? ¿Podría preguntarle al estudiante lingüista qué idioma les había enseñando? Porque no les cabía la menor duda, el sistema que habían aprendido incluía un léxico, una sintaxis y una gramática, pero ¿qué era? No le guardarían inquina, pero por favor, que me dijeran a qué país podían ir para entenderse con la gente? Busqué al muchacho y di con él. Como si fuera la cosa más normal del mundo, me declaró que les había enseñado catalán.