24 mar 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

POR ESTAS FECHAS, año tras año, los medios de comunicación se hacen ecos de las lamentaciones de obispos y rectores de seminario por las pocas vocaciones sacerdotales que hay, y avisan de los males que ocurrirán en el futuro inmediato por dicha escasez. Sin embargo, yo creo que, a día de hoy, sobran curas. Lo que se necesita es una adecuada redistribución de los que hay y una mayor entrega a su tarea (hay mucho burócrata) y, sobre todo, el clero debe devolver a los laicos el espacio que le robó hace ya mucho tiempo. Los curas son muy capaces de entonar cantos líricos y de elaborar formulaciones bellísimas sobre las excelencias del laicado. Pero los laicos siguen siendo bien poca cosa en la vida de la Iglesia. Hay todavía en el clero católico más miedo y suspicacia ante la irrupción de los laicos que aceptación serena de su necesidad, más reticencias y recelos que comprensión de los cambios irreversibles. Algunos sólo quieren simples monaguillos. Que conste que aquí no se discute la institución divina de la Iglesia sino más bien su envoltura, pues corremos el peligro de dar mayor importancia al marco que al cuadro. Los laicos tienen derecho a ocuparse de los asuntos eclesiales, ésta no es tarea reservada al clero. La elite cristiana no está en función de votos ni de hábitos, tampoco importa que se conozca de memoria el Derecho canónico; coincide, más bien, con cuantos practican el amor puro y desinteresado, y éste se da con la misma intensidad en el tálamo nupcial y en el claustro. Los laicos no son súbditos, no son carnales, sino que después de haber sido incorporados a Cristo en el bautismo y constituidos Pueblo de Dios y, en su medida, partícipes del oficio sacerdotal, profético y real de Cristo, realizan en la Iglesia y en el mundo la misión propia de todo el pueblo cristiano. Como tan a menudo ha ocurrido en el pasado, este cambio va emergiendo poco a poco de entre los jirones de la historia. La mayoría de los nombres que van apareciendo en las páginas de los libros de historia han tenido que enfrentarse a críticas notablemente ásperas y, a veces, incluso a persecuciones por parte del estamento clerical. El primer Concilio Vaticano fue el concilio del Papa; el segundo ha sido el de los obispos, y nada impide que el tercero sea, finalmente, el de los laicos, no sólo porque ellos constituyan el tema central, sino básicamente por su activa participación.