La metamorfosis

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

ARRUINARSE de la noche a la mañana: eso debe ser lo más parecido que existe a perder, contra pronóstico, unas elecciones generales. Quien se arruina, ha de hacer un esfuerzo cruel para cambiar con rapidez no sólo sus hábitos de vida, sino también su mentalidad, si no quiere perecer en el desastre. Cambiar de vida es, claro, muy difícil; pero cambiar de mentalidad puede llegar a resultar en ocasiones poco menos que imposible. La situación parece similar para quienes sufren un inesperado descalabro electoral, pues los derrotados, además de abandonar el gobierno y sus prebendas, han de adaptarse a una nueva situación, que les exige el esfuerzo colosal de pensar la política no con las categorías del (rico) gobernante sino con las del (pobre) opositor. El gobernante transmite, sistemáticamente, la idea de que las acciones del poder son, por definición, necesarias y sensatas. Y que las de la oposición resultan el fruto de la desinformación, el interés partidista, o el rencor. Los gobiernos tratan de legitimar su ejecutoria afirmando que aquélla, lejos de ser la consecuencia de opciones subjetivas, es en realidad la expresión objetiva de los intereses del Estado, intereses que sólo el gobierno -se nos repite- está en condiciones de interpretar correctamente. Es tal la diferencia entre la mentalidad de quien gobierne y de quien se le opone con el objetivo de colocarse en su lugar, que el tránsito entre una y otra solo se produce tras una metamorfosis lenta y dolorosa. De hecho, hacer oposición no es complicado para aquellos líderes políticos que nunca han estado en el gobierno, pero suele ser una tarea lacerante para quienes acaban de dejarlo. A esa tarea es a la que desde ahora mismo ha de enfrentarse un partido, el Popular, que puede intuir lo que le espera mirándose en el espejo del que acaba de arrebatarle la mayoría en el Congreso. Es cierto, desde luego, que desde el punto de vista electoral la derrota del PP no es comparable a la sufrida por el PSOE en el 2000, porque su granero de votos ha experimentado una merma muy escasa teniendo en cuenta las durísimas condiciones en que se celebró la consulta electoral. Pero lo es también que, tras su derrota, el Partido Popular se ha quedado sencillamente sin política: ¿cómo empezarán a decir que España va mal quienes convirtieron el «España va bien» en su lema de gobierno?. El PP lo tiene por tanto muy difícil, pues sólo un empeoramiento sustancial de la situación política y económica española podría abrirles un espacio para salir de la sima a la que se han precipitado. Algo que no depende para nada de la capacidad opositora del PP sino sólo de la capacidad de gobierno del PSOE.