UN AÑO DESPUÉS del comienzo de la invasión de Irak, ¿qué balance podemos hacer de esta primera guerra preventiva y de sus consecuencias? Observación preliminar: queda demostrado que los motivos oficiales de la agresión -posesión por Bagdad de armas de destrucción masiva y complicidad entre el régimen dictatorial de Sadam Huseín y la red terrorista Al Qaida de Osama Bin Laden- eran falsos. David Kay, jefe de los inspectores nombrados por la administración Bush después de la victoria, confirmó, dimitiendo de espectacular manera, la ausencia de armas químicas, biológicas o nucleares en Irak. Kay llegó a la misma conclusión que Hans Blix y Richard Butler, los dos precedentes jefes de inspectores designados por la ONU y que Washington había tratado de «mercenarios pagados por Bagdad». Irak no representaba un «peligro inminente» como con falsedad habían repetido hasta la histeria el presidente George W. Bush y sus aliados Blair y Aznar. Ayudados, en la repetición del embuste, por los grandes medios masivos de comunicación, cómplices en definitiva de la gran manipulación. A pesar de no haber podido convencer a los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU, los tres aliados, reunidos en las Azores el 16 de marzo del 2003, decidieron invadir Irak. La guerra fue pues no sólo ilegal e ilegítima sino además inmoral por estar basada en el engaño y la mentira. La campaña militar, como se esperaba, no ofreció ninguna dificultad para las fuerzas estadounidenses, excepto en la región de Basora. Bagdad cayó sin resistir, pero en esa casi no batalla perdieron la vida varios periodistas y entre ellos nuestro compatriota José Couso. Algunos, y sobre todo Donald Rumsfeld, ministro norteamericano de la guerra, hablaban de la «liberación de Irak» y se imaginaron que sus tropas serian recibidas -igual que en París en 1944- con flores y coronas. Enorme fue el chasco cuando, casi de inmediato, empezaron los atentados y resultó evidente que la posguerra sería mucho más complicada que la propia guerra. También ahí empezó la sorpresa para muchos observadores. El saqueo salvaje de Bagdad, la destrucción de museos, de bibliotecas, de palacios y de monumentos por hordas de vándalos locales, permitido por las pasivas tropas vencedoras, escandalizó a las conciencias del mundo. Habiendo creído sus propias mentiras, Washington no había preparado con seriedad la ocupación de Irak. Porque otro de los argumentos evocados por el presidente Bush para decidir la invasión era que la eliminación de Sadam Huseín reduciría la violencia en la región y el terrorismo en el mundo. Enorme equivocación, propia de alguien que desconoce por completo la realidad de aquella zona. Da vértigo comprobar el abismo de ignorancia que sobre Oriente Próximo posee un presidente y sus asesores, dueños del destino del mundo¿ La ocupación de Irak, en la que participan, junto a las fuerzas de Estados Unidos, tropas de unos treinta Estados, no ha pacificado ni el país ni la región. Al contrario. Donde había un solo foco de violencia (el enfrentamiento Israel-Palestina) ahora hay dos, ya que la resistencia en Irak no ha dejado de intensificarse, causando centenares de víctimas. Cada semana, las fuerzas de Estados Unidos tienen una media de cinco muertos¿ Tampoco se ha pacificado Afganistán. Ni se ha logrado, al contrario de lo prometido por Washington, la resolución del conflicto entre Israel y los palestinos, los cuales se hallan más alejados que nunca de la paz. En cuanto al terrorismo, no sólo sigue existiendo, sino que, bajo la forma de atentados en masa causados por grupos islamistas, se ha extendido a zonas donde no existía como Bali, Riad, Estambul, Casablanca y, para desgracia de los españoles, Madrid.