CUANDO tiene lugar un cambio de Gobierno, automáticamente se produce también un profundo relevo en las estructuras orgánicas administrativas. Miles de funcionarios son removidos y sustituidos por una legión de ávidos aspirantes que llevan años codiciando sus puestos, claves en el manejo del poder, de la adjudicación de los contratos, de la influencia. No hemos avanzado mucho desde las cesantías del siglo XIX, que tan expresivamente dramatizara Galdós en patéticos personajes. Pero debiéramos hacerlo, porque no es presentable que el deseable y democrático turnismo político se infiltre hacia abajo hasta los jefes de servicio o de sección. La profesionalización de la función pública sigue siendo una asignatura pendiente. Y, aunque parezca mentira, en las Administraciones de hoy sigue aflorando la carroña del revisionismo clientelar y hasta del hostigamiento político laboral que, con estúpido anglicismo, hoy llamamos mobbing . ¿No seremos capaces de acabar con todo eso?