La hora de Gallardón

| MANUEL MARLASCA |

OPINIÓN

ACEPTADO que si el poder desgasta, mucho más lo hace estar en la oposición, y aceptado también que el poder es la mejor amalgama para unir las quiebras en los partidos, habría que concluir que se avecinan no demasiado buenos tiempos en el Partido Popular, huérfano además del liderazgo que merecidamente y sin duda alguna ejerció José María Aznar, que no creo tenga el cuerpo para volver a encabezar la travesía del desierto que le espera a su partido. Quiero decir que, por encima de las solidaridades lógicas que acompañan a cualquier derrota (en caso de victoria desaparece la solidaridad, sustituida por lo que se ha dado en llamar auxilio o socorro al vencedor), sin prisas pero también sin pausas surgen de inmediato en un partido perdedor después de la derrota los movimientos -subterráneos o en la superficie- encaminados a la recuperación del poder perdido. Ocurrió así en el PSOE, que acabó consumiendo en estos movimientos a Joaquín Almunia por dos veces y a José Borrell, y ocurrirá así en el PP en cuanto se tome conciencia de la dimensión de la derrota, que suele llegar a golpe de desalojo de despacho y de desaparición de la nómina del Estado. Conservo en la retina de la noche electoral varias imágenes. Y a la hora de escribir este artículo extraigo la del reconocimiento de la derrota de Mariano Rajoy, rodeado éste por José María Aznar -y es para valorar el gesto-, Rodrigo Rato -número dos de la candidatura derrotada- y Alberto Ruiz-Gallardón, alcalde de Madrid y confeso aspirante a la presidencia del Gobierno a su debido tiempo. Me pregunto, en consecuencia, si es la hora de Gallardón, que, una vez cometido en su día el error de confesar abiertamente sus aspiraciones, jamás hubiera dado un solo paso a espaldas de Aznar ni hubiera puesto una sola piedra en el camino de Rajoy hacia la presidencia del Gobierno. Parece obvio que las circunstancias han cambiado, y en segundo plano casi todos los barones del PP por la personalidad de Aznar y su voluntad de señalar como sucesor a Rajoy, una vez fallida esta apuesta, parecería legítima la entrada en liza de Gallardón, al que pudieran volverse los ojos de no pocos militantes, contrastada su capacidad de victoria por dos veces en la Comunidad de Madrid y una en la alcaldía de la capital.