El cambio tranquilo

| MANUEL MARLASCA |

OPINIÓN

FRENTE al cambio del «que España funcione» de 1982, acabado de salir el país de la crisis de la intentona golpista del 23-F, nos encaminamos ahora hacia «el cambio tranquilo» -Zapatero dixit -, pie forzado de las sombras de unos gobiernos de José María Aznar que han acabado por dejar en la penumbra las indiscutibles luces de ocho años dirigiendo la política española. Aquel 28 de octubre de 1982 se produjo la alternancia en el poder de una recién iniciada democracia, que había devorado a sus autores -aquellos democristianos, aquellos liberales, aquellos azules , como despectivamente eran llamados quienes, precisamente por su conocimiento de las instituciones del régimen anterior, eran los únicos capaces de conducir la transición hacia las libertades-, más pendientes de dotar a nuestro país de una democracia plena que de gestionarla una vez alcanzada. Recuerdo la primera legislatura de Felipe González, que había hecho imperativo categórico de aquel principio, luego traicionado, de que la izquierda puede meter la pata pero no la mano, a diferencia -decían entonces los socialistas- de la derecha, que puede meter la mano pero no la pata. Mutatis mutandis , a poco que se hubieran descuidado, Luis Roldán -por poner un solo ejemplo- habría acabado vendiendo los cuarteles de la Guardia Civil para promover urbanizaciones y embolsarse el dinero de la venta. Porque después de aquella primera legislatura de la ilusión vinieron otras que acabaron en la decepción y hasta en el juzgado de guardia. Veintidós años después algo ha cambiado este país, que no tiene ya la urgencia de enjugar la distancia que los 40 años de dictadura habían puesto con los países del entorno. Seguimos teniendo el desafío terrorista y parece que no acabamos de resolver nuestro modelo territorial. Son los dos primeros retos a los que hay que hacer frente. Zapatero tiene voluntad de buscar la unidad para plantar cara al primero y exige amplio consenso y respeto constitucional para abordar el segundo. Para ello, además de un cambio tranquilo, hace falta una fuerza tranquila, mensaje con el que uno de los mentores europeos de González, François Mitterrand, ganó en Francia las presidenciales de 1981. Fuerza tranquila y también autoridad dentro de su partido. Veremos.