El pacifismo de Cipriano Mera

| ALFONSO DE LA VEGA |

OPINIÓN

CIPRIANO Mera era un honrado dirigente obrero anarcosindicalista que el 18 de julio del 36 estaba detenido en Madrid por su participación en una huelga. Puesto en libertad y tras la pérdida del control del aparato de Estado por el Gobierno republicano, recibió el encargo de organizar un Cuerpo del ejército popular formado por las diferentes organizaciones de izquierda que apoyaban a lo que quedaba de la Segunda República. En este caso, por anarcosindicalistas como también lo eran los catalanes y aragoneses que a las órdenes de Durruti evitaron en noviembre de ese año la caída de Madrid bajo el dominio de Franco. Pronto Mera vio que tenían que hacer frente a un ejército organizado y que para combatirlo con posibilidades de éxito hacía falta, además de coraje y voluntad un mínimo de organización, estrategia y disciplina. Cosas que eran incompatibles con las ideas de sus compañeros. Se abandonó el pacifismo y desorden iniciales y la unidad de Mera luchó con cierta eficacia y dignidad hasta el final. Tras la debacle republicana, Mera consigue llegar a Alicante y hacerse sitio en un barco que huía hacia Argelia. Allí es interrogado, con la arrogancia y falta de respeto con que castigó Francia a los exiliados españoles, por un capitán francés. Indignado, Cipriano se encara con él y le dice: «Haga al favor de tratarme con el respeto y dignidad que merece mi graduación, pues yo soy un jefe -era entonces teniente coronel- del ejército español de la República y usted sólo es un oficial». Valga esta anécdota real de sus memorias para intentar explicar a nuestra juventud pacifista de buena fe, pero inexperta porque no estudia Historia, que a veces para defender las propias ideas hay que recurrir a la violencia incluso contra los propios deseos, sentimientos o creencias. Y que incluso los símbolos del orden y de la disciplina, como la graduación militar, son elementos fundamentales e irrenunciables de nuestra defensa.