LOS TERRIBLES atentados del 11-M contra personas pacíficas e indefensas además de un crimen contra la humanidad tienen un cierto componente de venganza. Contra ese Madrid, referencia de la España liberal, que ha sido demonizado por el separatismo y sus cómplices. Venganza contra España como decidida y crecientemente importante país occidental y contra lo que representa para la Libertad y los derechos humanos. Y venganza contra el presidente Aznar, un político al estilo anglosajón al que se debe hacer justicia. Y la historia se la hará, sin duda. Hay que decir que el resultado del 14-M es inmerecido. Tanto para un líder con sólidos principios, que ha luchado sin desmayo y con importantes éxitos contra el terrorismo, una de cuyas víctimas estuvo a punto de ser cuando era jefe de la oposición, sin que el PP montara bronca entonces, y que no ha querido apoltronarse en el poder promoviendo un relevo ejemplar, como para un partido que había recibido una España arruinada y desmoralizada por el felipismo. Y digo inmerecido porque, aunque el PP y Mariano Rajoy, han aceptado con sobria dignidad y con alto sentido patriótico y de Estado los resultados adversos, para un observador ecuánime e imparcial éstos se han producido en unas elecciones enturbiadas por la coacción y la demagogia e impropias de una nación europea. Demagogia sí, pues ha existido una notable manipulación de opinión pública al pretender nada menos que el Gobierno televisase en directo, y con moviola, las pesquisas de la policía y los servicios secretos, llegando incluso a vulnerar ciertos funcionarios el secreto y la confidencialidad profesionales para filtrar datos a la prensa afín y jalear mejor el linchamiento del Gobierno constitucional. Y con falta de libertad psicológica también cuando es una pasión, en este caso el pánico, la que mueve el voto. El ciudadano para votar libremente debe estar informado y no estar sometido a coacción desde dentro, por el horror y el miedo, o desde fuera jaleándose la agresión verbal contra los militantes del PP o quemando sus sedes como en Culleredo. Pero Aznar ha cometido errores: Uno, pensar que España era un país verdadera y decididamente occidental pero que nos acaba de demostrar que no está dispuesto a asumir los costes de esta civilización, incluido el control de los flujos energéticos que permiten su funcionamiento, pese a disfrutar de sus ventajas. A la bestia nunca hay que pedirle perdón por ser uno como es o como quiere ser, o disimular para que muerda a otro, sino tratar de derrotarla con las únicas armas que entiende. Y si se renuncia a la propia defensa, no siempre nos van a librar los americanos de los Hitler, los Sadam Huseín o los terroristas de turno. Otro, que aunque la democracia es un sistema de opinión pública, ésta ha sido notoriamente descuidada. Al problema de la educación de la juventud, entregada en muchas de partes de España a las organizaciones políticas más sectarias, al desánimo y la anomia, se une una política de información nefasta. Los medios públicos, en vez de competir en zafiedad con los privados para captar a la audiencia más soez y embrutecida, deberían de haber tratado de contribuir a formar la opinión en los valores más nobles de la condición humana. No es de extrañar que quien se deleita con las crónicas marcianas, tómbolas o gran-hermanos carezca de capacidad real para ejercer un derecho al voto auténticamente libre y responsable. Ya advertía Platón que la democracia en ciertas condiciones puede ser la antesala de la tiranía. Pero no basta con tener razón, hay que ser razonable y para ello hay que saber explicar las cosas. Es claro que las cuestiones más complicadas de la geopolítica al ciudadano común se le escapan, pero el Gobierno debería haber explicado las ventajas, o la simple necesidad forzosa en esas circunstancias, de cambiar nuestro sistema estratégico geopolítico. Por eso, para un político genuinamente reformista es fundamental cuidar la educación y la información, puesto que la calidad de una democracia depende de los valores de sus ciudadanos. De modo que además de reformar las leyes hay que tratar de formar en los valores más dignos al pueblo. Pero también hay que contar con la fragilidad humana de los que los sirven, por ello los ciudadanos preocupados por la suerte de nuestra querida España debemos pedir a Aznar, a Rajoy, y al resto de los líderes más nobles del PP, lo que hacía Miguel Hernández a su hijo en otros tiempos de atribulación: «No te derrumbes».