EL DICHO popular, ese que nos transmitieron nuestros antepasados y que utilizamos con relativa frecuencia, asegura que los errores siempre se pagan. Que, antes o después, la vida pasa factura. Y que, de una forma u otra, siempre te ves obligado a recoger los frutos de la semilla que plantaste. Las elecciones de ayer han vuelto a ratificar la vigencia de esta máxima. El que la hace, la paga. Y mucho más en una sociedad democrática, plural, libre y madura como viene demostrando ser la española. Los grandes errores no se perdonan. Y así tiene que ser. Aun tratándose de una consulta claramente anormal, marcada por la consternación y la conmoción. Aun siendo una consulta a la que concurrimos anímicamente destrozados y emocionalmente indispuestos, los resultados ponen de relieve que los españoles han valorado, como no podía ser menos, los socavones que el hasta ahora partido en el Gobierno dejó en su gestión de los últimos años. De forma especial, la participación española en la invasión de Irak. Ni los sondeos más optimistas negaban una clara victoria al PP. Ni los más entusiastas y afines a los socialistas aguardaban unos resultados como los que nos han dejado las urnas. Aquí lo único que discutíamos era si Rajoy iba a precisar o no de los canarios. Nada más. Era descabellado hace solo unas horas, pensar en Zapatero como presidente. ¿Qué ocurrió entonces para se produjese el vuelco? El atentado del jueves negro ha sido definitivo. No sólo va a marcar, desgraciadamente, nuestras vidas en los próximos tiempos. También ha decidido el gobierno del país. Su calamitosa gestión abrió la espita de los desencuentros. Movilizando a cientos de miles de ciudadanos que, encorajinados, se enfrentaron no sólo a los desatinos del gabinete de Aznar, sino también a unos modos y a un estilo de gobierno que no satisfizo ni a los más dóciles. Los socialistas deben su victoria a una ciudadanía que se ha decidido a decir hasta aquí llegamos. Pero tampoco las tienen todas consigo. Tienen la necesidad de analizar los resultados en su justa medida. Porque en su victoria ha tenido un escaso peso la oferta de madurez y el proyecto de su partido. Y mucho más unas formas de gobernar que todos quisiéramos no haber vivido.