AYER se celebraron en España las elecciones más tristes de nuestra historia democrática. Los millones de ciudadanos que con el ánimo encogido acudimos a las urnas votamos conmocionados por la sobrecogedora tragedia de Madrid y, como era previsible, sus efectos se han dejado sentir sobre el resultado electoral. Haciendo saltar por los aires todas las previsiones que se derivaban de los diferentes estudios de opinión publicados con anterioridad a la jornada electoral, el Partido Socialista se alzó ayer con la victoria y el Partido Popular vió cómo se hundían sus casi seguras esperanzas de continuar gobernando este país. Pese a no haber alcanzado la mayoría absoluta, la victoria socialista es lo suficientemente amplia como para que Zapatero asuma la Presidencia del Gobierno sin hipotecas imposibles que podrían haber convertido en un vía crucis su gestión. El candidato socialista podrá gobernar en solitario, pero tendrá por delante un desafío especialmente complicado, pues deberá gestionar con generosidad e inteligencia el fortísimo impacto emocional provocado por el atentado terrorista de Madrid. Obviamente, no será esa su única tarea, pero será con toda claridad la tarea con la que tendrá necesariamente que enfrentarse en cuanto el Congreso de los Diputados, como es previsible, lo invista presidente del Gobierno. Pero no sólo el Partido Socialista tiene desde hoy una responsabilidad que bien podría decirse que es histórica. También el Partido Popular, que ha sufrido una derrota tan severa como inesperada, tendrá ahora que dar muestras de su saber perder, un saber perder que la conyuntura especialísima de estas elecciones convierte en complicada. En todo caso, y más allá de derrotas y victorias, ayer se abrió en España, sin ningún género de dudas, un escenario político radicalmente novedoso, que exigirá de todas las fuerzas que han obtenido representación parlamentaria un esfuerzo muy notable para gestionar una situación completamente imprevisible. Los ciudadanos de este país llevamos muchos meses sometidos a una fortísima presión por los constantes sobresaltos que han venido produciéndose en el desarrollo de la vida política española. La inmensa tragedia de Madrid, suficiente por sí sola para producir un estremecimiento colectivo general de superación dificilísima, se nos ha venido encima cuando lo que necesitábamos era un sosiego que, por desgracia, vamos a tardar en recuperar muy largo tiempo. Por eso, lo que necesita y exige una ciudadanía que ha sido sometida a la más dura prueba que cabe imaginar, es ahora concordia y unidad.