...Y la televisión recuperó la dignidad

OPINIÓN

12 mar 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

LA MATANZA de Madrid ha convertido a las televisiones, todas las televisiones -públicas y privadas, nacionales, autonómicas y locales-, en fuente continua de información y servicio al ciudadano, en tanto que el más poderoso medio de comunicación de masas. Todas las cadenas nos han metido dentro del televisor. En la escena y no fuera de ella. Nos han colocado en el lado del daño y luego del dolor; de los cuerpos destruidos, de la carne desgarrada, del olor a muerte; del silencio, de los gritos y de sus ecos¿ Del pasmo. Nos han paseado entre la congoja y la destrucción haciendo periodismo de televisión en estado puro. Un relato contundente de la muerte en directo que no admitió variaciones porque las cámaras mostraron la infamia pero no hirieron los sentimientos ni hurgaron en la herida, en la inmensa herida abierta que desgarró España. Madrid, merced a la televisión, ha sido desde el jueves más capital de España. Ha sido capital de Galicia, de Asturias, de Cantabria, del País Vasco, de Navarra, de La Rioja, de Cataluña, de Castilla y León, de Extremadura, de Andalucía, de Castilla-La Mancha, de Valencia, de Aragón, de Baleares, de Canarias, de Ceuta y de Melilla. Desde el jueves, mientras la televisión ha dejado de entretener y ha pasado a informar, han desaparecido los que Christine Ockrent, una de las más conocidas profesionales de la televisión francesa, define como los «don nadie». La prostituta de fiesta, copa y cama; el proxeneta lenguaraz y televisivo; el fisgón embaucador, creador de historias inventadas y propagador de bulos a mil euros el minuto; el despechado novio de la ex reina de belleza de la fiesta de primavera; el ex marido de la hija de la famosa, la sirvienta infiel o el ex conductor temporero del tramposo y delincuente; los que a diario se vengan contra las elites de esta sociedad que está exigiendo reflexión sociológica, fueron sustituidos por periodistas, jueces, policías, bomberos, médicos, enfermeros, sacerdotes, voluntarios. Por gente solidaria, limpia y de una pieza. Y entre tanto cuerpo destruido y sombras deambulando; entre tanto silencio y tanto grito y tanto eco; entre tanto desconsuelo de esa vesania desatada en nuestros trenes, no hubo lugar para los don nadie y la televisión recuperó la dignidad el 11-M.