El dilema del pueblo

| PEDRO ARIAS VEIRA |

OPINIÓN

MUCHA GENTE rechaza el terrorismo y es buena; otra la persigue con la fuerza legítima y el amparo legal, y todavía es mejor; y también están los que han hecho de la solidaridad eficaz con las víctimas -pasadas, presente y futuras- su causa moral, su prioridad política, su dedicación intelectual, y el eje de su existencia. Como diría Brecht, estas últimas son las imprescindibles. Hasta ahora las víctimas nunca han desempeñado el papel central que merecerían en las preocupaciones colectivas del país. Primero fueron víctimas de la barbarie, condenadas por asesinos con una supuesta causa y pasivamente olvidados por los que entendían que la violencia era partera de una historia mejor. Después, tras mucha sangre, sudor y lágrimas, alcanzaron la condición de resistentes a la fuerza, de héroes a su pesar, como los refleja en su verdadera estatura José María Calleja. Pero aun así necesitan de protección policial, todavía no tienen la comprensión ni el apoyo efectivo de un pueblo comprometido que haga innecesaria la escolta selectiva. Si la mayoría de los ciudadanos fuesen antiterroristas activos, los luchadores de vanguardia hubieran acabado hace tiempo con los terroristas. Pero hubo ceguera moral y política, cuando no mero oportunismo. Y todavía hoy una organización como Batasuna, condenada por los tribunales como brazo político explícito del terror, se sienta en los escaños del Parlamento vasco. La mayoría de gobierno, compuesta por partidos homologados a los que vota mucha gente de conciencia racional, evita cumplir la sentencia judicial. Y altos cargos de otras comunidades autónomas tratan de influir sobre los terroristas, para reorientar su nihilismo en beneficio propio. Pero se nos dice que no podemos hablar de ello, que no debemos pensar más allá de lo políticamente correcto, sin traspasar el rechazo ritual al crimen. Vanos apaciguamientos, al final habremos de elegir entre quienes dirijan la guerra contra el terror, los que encabecen la defensa del pueblo, a los más eficaces contra la muerte. Tenemos que votar asumiendo el dolor de imaginarnos los rostros desfigurados de las víctimas, los llantos solitarios de sus seres queridos en la intimidad, las punzadas de la tragedia imprescriptible. Y dejar a un lado ideologías y programas, preferencias y venganzas, para preguntarnos: ¿a quiénes elegirían las víctimas? Porque son ellas, con el saber y conocimiento supremo de los afectados, las que tendrían la respuesta correcta. Nos deseo valor y suerte. Después de la manifestación llegará el momento más difícil, el del sentido del voto. No basta votar, hay que elegir, al menos de forma puntual, provisional y prestada, a los mejores en la lucha contra el terror. Se lo debemos a las víctimas. Hay que sacrificar otros valores. Es nuestro dilema.