Lo de ayer

| JUAN J. MORALEJO |

OPINIÓN

11 mar 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

NUEVE menos cuarto de la noche y novedades para volver sobre lo ya escrito; datos nuevos, parece que sólo indicios, que no me suponen el menor respiro, pues, de ser ciertos, nos doblan el frente de amenazas y en un grado máximo de riesgo y de imprevisibilidad de lo brutal. Datos nuevos y una pereza mortal para tener que volver a desgranar obviedades y decirme y decirles que no hay ni una sola causa, idea o meta por la que se justifique matar y la muerte del prójimo se nos disimule en gaje del oficio, en peaje inevitable para el buen fin último, etcétera, etcétera, etcétera. Tres veces etcétera porque es kilométrica la ristra de marrullerías y de sofismas de los que sufren edema, espasmo o hipertrofia de Nación, Pueblo, Raza, Clase, Identidad, Religión y de toda cuanta necesidad natural o convención cultural somos capaces de corromper y convertir en palanca de todos los odios y fanatismos que sacamos afuera de nuestra alma ruín porque nos hemos olvidado de decir Prójimo, Amigo, Persona, Igual... Escribir de ciento noventa personas destrozadas por media docena de bombas me resulta enervante, que no es que me ponga nervioso, sino lo contrario, que me quedo sin nervio, en pasmo inerte ¿Qué les digo que no sea una obviedad de papelera como lo es todo el párrafo anterior? A estas alturas del calendario repetitivo de barbaridades me sería imposible ponerme solemne en mi más enérgica repulsa, en mi decidido e incondicional rechazo... pero sé que son tonterías que tendré que volver a escuchar porque alguien tiene que volver a decirlas y con el retintín de que esta masacre prueba la debilidad y patatín patatán de sus autores... Y sigo sin saber qué decirles porque me corto las manos antes de entrar en valoraciones y distingos de que vaya sitio y vaya hora para la bomba, como si hubiera un catálogo o escala de sitios, horas y carne para estas fechorías, desde las de ¡menos mal! o ¡vaya por Dios! a las que ya no les sabemos poner nombre. Por supuesto que sé distinguir entre un muerto y ciento noventa muertos, pero con uno ya estamos en el punto infinito y todo lo que queramos añadirle no hay calculadora que se lo pueda sumar. En fin, vamos a cruzar los dedos y que no nos espere todavía la guinda del repateo, la guinda necia con que ya me he topado en diálogos sobre barbaridades anteriores, diálogos que me han servido para ir haciéndome una lista de gente cuya necedad no debe ser animada a asomarse al exterior. Me temo que, sobre todo si se confirma cierta autoría de la masacre, voy a tener que andarme con mucho tino y fortuna para no toparme con el enésimo Filósofo de la Historia que, compungido y jurando que ¡claro está! él no lo haría, quiere que veas, que entiendas, que admitas... que hay quien se ve obligado, quien no tiene otro remedio... Pero tú hazme caso y ni veas, ni entiendas, ni admitas. Y ni por asomo te veas obligado o sin otro remedio...