INVITADO por Aminata Traoré, icono del movimiento altermundialista, estoy en Bamako, capital de Malí, participando en el Foro africano del algodón con mi amigo José Bové. De unos 10 millones de habitantes, Malí es un país inmenso, casi cuatro veces más grande que España, situado al sur de Mauritania y al oeste del Sahara, en pleno corazón de la árida zona del Sahel. Parafraseando a Heródoto, se puede afirmar que Malí es «un don del Níger», uno de los ríos más largos y caudalosos del mundo, que atraviesa este país dibujando un inmenso arco de la fertilidad. Gracias a sus benditas aguas, Malí es el principal productor de algodón de África. En el Foro intervienen no sólo los principales dirigentes de los sindicatos locales de cultivadores de algodón sino también especialistas venidos de los países vecinos, como Níger y Senegal, productores asimismo de la «fibra africana». Millones de personas viven de la siembra, el cultivo, la cosecha y el hilado del algodón así como de su tejido y tinte. Todas estas faenas se hacen a un costo de mano de obra muy barato. Pero los que se dedican a ellas -y son millones- apenas pueden vivir de su trabajo. Porque el precio del algodón en los mercados internacionales no cesa de desmoronarse. A pesar del bajísimo costo de su producción (tan bajo que no permite a una familia campesina vivir como Dios manda) Malí es cada vez menos competitivo frente a otros países algodoneros, en particular Estados Unidos, primer exportador mundial. ¿Cómo es eso posible, siendo el costo de producción estadounidense cien veces mas alto?: Debido a las enormes subvenciones que Washington gasta para ayudar a la exportación de su algodón. De esta manera se falsea el juego comercial -tan defendido por los neoliberales- y se está impidiendo que millones de agricultores africanos puedan vivir de su trabajo. Lo que les obliga a abandonar el campo con sus familias e ir a aglutinarse en las periferias miserables de las grandes urbes, donde no encuentran actividad laboral. Y eso empuja a los más jóvenes y audaces a emigrar hacia Europa. Ellos son esos «subsaharianos» de los que hablan los medios cuando naufraga alguna patera que intenta llegar a Canarias o cruzar el estrecho de Gibraltar. El presidente Amadou Toumani Touré nos recibe en su modesta residencia situada en lo alto de un verde acantilado desde donde se domina el panorama del valle del Níger y la ciudad de Bamako. Es un militar de 53 años, oficial paracaidista, que derrocó en 1992 al general-dictador Musa Traoré y estableció la democracia. Él mismo no se presentó a las primeras elecciones libres, lo que lo convirtió en la persona más popular del país. Al final del mandato del presidente Konaré, en mayo del 2002, se presentó a las elecciones en competición con otros 22 candidatos y fue elegido. Nos habla del problema del algodón. «No se nos permite transformar aquí la fibra; apenas el 2% de nuestra producción es convertida en nuestro país en tejido. No podemos crear puestos de trabajo que tan indispensables son en Malí, uno de los más pobres del mundo. Tenemos que exportar a vil precio a causa de las subvenciones que reciben los agricultores de los países desarrollados». Este hombre tan moderado, al que nadie acusa de corrupción, y que es de los pocos dirigentes de África elegidos mediante un real proceso democrático, denuncia: «Hablan de libre mercado, pero nos imponen contratos leoninos. En Cancún, gracias a la alianza con otros países del Sur, pudimos detener el mecanismo de la Organización Mundial de Comercio. Hasta las ovejas cuando se las acorrala pueden convertirse en fieras».