LA MUERTE del periodista Ricardo Ortega en Haití ha desatado lógicas reacciones de rabia y de pesar. Pero el suceso también ha vuelto a proyectar sobre el mundo de la información las inexplicables sombras, las prevenciones y las renuncias que de un tiempo acá tanto abundan entre asalariados y autónomos, sean famosos o perfectos desconocidos, conservadores o progresistas, simples redactores o directores de medios. Dicho de otro modo, ¿está reñido el respeto a Ortega, Anguita o Couso con aprovechar sus muertes para poner encima de la mesa las precarias condiciones contractuales y laborales en que trabajan cada vez más periodistas? Dicen que con más educación vial y medidas adecuadas se reduciría el número de muertes en las carreteras. Y con chalecos antibalas, contratos dignos y emolumentos apropiados Ortega, de entrada, seguiría vivo y, de salida, la sociedad disfrutaría de informadores menos vulnerables y más independientes.