CADA VEZ me gusta más la historia. Debe ser un síntoma de chochez, ya que desde principios del siglo XIX el presente es la moda y la juventud su profeta. También me interesan los viejos y tengo con ellos un trato deformado, de interés casi profesional. Mis conversaciones son casi interrogatorios, sondeos al vivir de su pasado concreto. Los buenos historiadores son los depositarios de la experiencia de la humanidad, los verdaderos especialistas de la naturaleza humana. Los biólogos pueden buscar en el laboratorio el gen egoísta, el de la agresividad, el afecto o la ambición; pero el historiador nos ilustra sin complejas dobles hélices como ha sido y es realmente la especie. Los actuales son buenos tiempos para estos profesionales. La caída del comunismo o socialismo realmente existente en 1989, fue una gran oportunidad para revisar la verdad de una ilusión; el fin de siglo nos trajo excelentes monografías de la etapa más sangrienta de la historia. Y ahora el impacto del fundamentalismo islámico, el transfondo del terrorismo internacional, las dictaduras petroleras y la guerra de Irak. Nada del presente se puede entender sin perspectiva histórica. Como la nueva revolución en China, que consagra la propiedad privada en el frontispicio de su Constitución. Caen las soberbias en el viejo imperio de las mil flores, de los guardias rojos y de la revolución cultural. Su régimen era un tigre de papel, todo había sido una gran mentira. Ahora se dirigen a una dictadura capitalista con un régimen político de partido único, el monolitismo oligárquico perfecto. Pero ni aquí ni en el resto de Europa se extraerán las lecciones pertinentes. Obligaría a cambios de pensamiento profundos en demasiada gente. Están cómodos en el error y se sienten los justos condenando a los demás. Es amarga la verdad y muy gris la modestia. Cuando se estudia la historia ya nada es sencillo; ni los buenos son los que enarbolan la bandera del progreso, ni los malos una élite conspirativa que explota a la inmensa mayoría. La experiencia de las últimas décadas parece indicar que el liberalismo prudente y con principios ha sido la corriente más fructífera para el desarrollo humano. Los que todavía confían en el marxismo o en el progresismo de izquierda son inmunes al derrumbe de sus referencias históricas, como la URSS, la Europa del Este, China, Cuba, Argelia y Libia. Los más cautos se reorientaron hacia las socialdemocracias europeas y las terceras vías. También están en crisis. Somos peligrosos para los demás, y cuando nos ponemos a salvarlos los conducimos al abismo. Y acabamos todos en el precipicio. Aprender de la historia es desconfiar de nuestra ambición, voluntad de mando y poder. Dejemos a los demás en paz, no construyamos utopías con sus esfuerzos e ingresos. Busquemos la máxima libertad para todos y arriesguemos sólo lo que es nuestro, lo que hemos ganado con el sudor de nuestra frente.