Otra forma de ver la campaña

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

LO MENOS serio de esta campaña electoral es la cascada de promesas que los grandes partidos nos endilgan en sus mítines. Después de cuatro años de aridez parlamentaria, con todos los grandes temas fuera de la controversia política, parece que hemos entrado en un curso del PPO, donde todo se revisa y cambia de forma acelerada. Por eso resulta poco creíble esta vuelta de calcetín en la que ha degenerado la pugna entre el PP y el PSOE, y por eso se hace tan difícil entender que, metidos ya en zafarrancho general, sigamos marginando temas que, como la Constitución Europea, constituyen la clave del inmediato futuro. La razón de este despropósito estriba en un radical desenfoque de las campañas, que, en vez de servir para la confrontación entre dos formas de entender y hacer la política, se quieren reconducir hacia una regueifa de silogismos y obviedades que nos hurtan totalmente la teatralidad de la política. Porque, en contra de los que suelen decir los prescriptores de opinión, la campaña constituye un tiempo de excepción en el que es posible y necesario buscar el cuerpo a cuerpo, usar lenguajes más directos y menos medidos, y poner sobre los escenarios los rasgos de la personalidad de líderes y partidos. Para hablar de impuestos y viviendas tenemos toda la legislatura. Pero si queremos calibrar la personalidad de los candidatos, su ingenio y su temple, tenemos sólo quince días que no se pueden desperdiciar. Por eso tiene lógica que, haciendo caso omiso del discurso correcto, los ciudadanos acabemos mostrando nuestra adhesión a aquel que es capaz de transmitir más fuerza, más convicción y mayor contundencia, aunque sus raciocinios económicos y jurídicos carezcan de la prosapia insoportable de los debates «constructivos». El acierto de Aznar -siempre polémico, contundente y mordaz- radica en ese sentido de la confrontación que le hace tirarse a la yugular de su oponente con el instinto depredador de un tigre de Bengala. Y ese es, sensu contrario, el error de Zapatero, que empeñado en demostrar su sentido del Estado, acaba resultando farragoso, blando e inseguro. Puestos a razonar, nadie aprobaría la forma en que el PP está tratando los asuntos del terrorismo. Pero puestos a escoger actitudes políticas, la mayoría de los españoles apuesta -como dirán las encuestas de mañana- por la vigorosa contundencia con la que se expresa la derecha. Porque lo que ahora estamos tratando de averiguar no es quien estudió más, sino quien tiene más nervio. Y para hacer exámenes tenemos cuatro años y una nube de expertos. Esos que ahora aburren a las piedras a base de suplantar la confrontación con monsergas académicas siempre discutibles.