BIEN ESTARÍA que ahora que la ONU ha dicho que Irak no posee armas de destrucción masiva desde 1994, alguien nos explicara, de una vez por todas, por qué se atacó el país. Y que, al tiempo, nos informaran de qué salida se le pretende dar a un pueblo sumido en el más absoluto caos. Bien estaría que el trío de las Azores volviera a fotografiarse para convencernos de que las cosas marchan mejor que hace un año. Y que, mirándonos a los ojos, volviesen a decirnos que la detención de Sadam ha librado al pueblo de un sufrimiento insoportable. La última matanza de chiitas vuelve a dejar a los promotores del ataque sin argumentos. Ni los iraquíes viven mejor, ni las armas eran una amenaza, ni la lucha contra el terrorismo ha avanzado, ni las tropas invasoras son recibidas con vítores, ni tan siquiera ha descendido el precio del petróleo. Se han quedado sin argumentos. Porque el tiempo ha ido desplomando la cadena de mentiras sobre la que tejieron sus actuaciones. Ni al más insensato se le ocurre pensar que quienes contribuyeron a que el baño de sangre sea una forma de vida, puedan mantenerse en posición de meros espectadores. Dejar correr los días no es la solución. Con un país destrozado y convertido en escenario propicio para la actuación de grupos terroristas, con una sociedad atemorizada y con la amenaza de una guerra civil, es imposible que se lleve a cabo la consolidación de un nuevo régimen. Sobre todo si quienes tienen la responsabilidad de recuperar la normalidad continúan parapetados, quizás asustados, sin ofrecer una salida. La gravedad de la situación iraquí hace imprescindible una toma de postura. Inmediata. Porque no podemos seguir asistiendo a esta vorágine de terror y muerte. Que nos den una solución. Y, de paso, que nos expliquen por qué todo esto.