EL CENTRO político de Europa se ha desplazado hacia el Este, incluso antes de que la ampliación de la Unión tenga lugar el 1 de mayo. La prueba es que el reparto de poder en una Europa de 25 depende en buena medida de la relación germano-polaca, en la que ojalá tuviéramos algo que decir. Polonia no es tanto el aliado natural de España, sino de Alemania. Es cierto que hay importantes coincidencias entre los gobiernos de Madrid y Varsovia, debido a la posición compartida de país medio-grande, que les lleva a defender las mismas reglas sobre votaciones en el Consejo de Ministros de la UE y a la orientación atlántica que ambos desean para la política exterior europea y la futura defensa común. Pero la clave de la negociación abierta sobre la Constitución europea es en cuánto tiempo y con qué pacto se restaurará la confianza entre alemanes y polacos. ¿Podremos los españoles beneficiarnos indirectamente de este acuerdo? Polonia es sin duda el más importante de los nuevos diez socios europeos, por población, historia y potencial económico. También es el menos preparado para entrar en la Unión Europea, aunque desde que se liberó del yugo soviético ha hecho grandes sacrificios económicos y sociales. La mayoría de sus políticos practican un nacionalismo fuerte y viven de un victimismo histórico nada recomendable. Su adhesión a la Unión por la vía rápida se debe fundamentalmente al apoyo alemán, secundado a regañadientes por todos los demás Estados miembros, muchos de los cuales estaban dispuestos a hacer esperar a los polacos unos años más. Para la república de Berlín, la entrada de Polonia en la Unión no es sólo una manera de extender su área de influencia política y económica. La adhesión de Polonia supone ante todo la reconciliación definitiva con su vecino y la superación de los problemas históricos de fronteras cambiantes, minorías perseguidas e incluso de exterminio: en la Segunda Guerra Mundial murió casi el 20% de la población total polaca. Desde su unificación en 1990, Alemania se encuentra en una situación de país dominante en Europa sin ser una potencia militar independiente, a pesar de sus problemas económicos. En 1913, Fritz Neumann, autor del influyente ensayo Mitteleuropa , reclamaba para los alemanes un papel en la región parecido al del imperio austro-húngaro. En la actualidad, el ideólogo del Kaiser no entendería la normalidad hegemónica alemana, conseguida a través del multilateralismo y el ejercicio de la democracia en el seno de la Unión, pero admiraría la posición alcanzada. Sin embargo, con la guerra de Irak, el idilio germano-polaco se ha venido abajo. Alemania ha seguido la orientación gaullista francesa y ha llegado a pactar con Rusia frente a Estados Unidos, mientras Jacques Chirac amonestaba a los países candidatos por su atlantismo. Para los polacos, la actitud franco-alemana ha sido incomprensible, ya que tanto la Unión Europea como la OTAN son garantías de seguridad frente a sus vecinos rusos. Por si fuera poco, el reciente borrador de Constitución, refuerza sólo a los cuatro países más poblados y quita a Polonia y a España la buena posición en el Consejo pactada por el gobierno de Aznar en el Tratado de Niza, que negoció en el 2000 casi en nombre de españoles y polacos. Tras el bloqueo constitucional, el tándem franco-alemán, debilitado hasta el punto de tener que admitir en su seno a los británicos, ha amenazado con la alternativa de una Unión a varias velocidades de la que estaría excluida Polonia. No obstante, con las recientes visitas del canciller Schröder a Washington y a Ankara, el Gobierno alemán ha emprendido la reconciliación con la Administración Bush, muy partidaria del ingreso de Turquía en la UE. El paso siguiente que darán los alemanes será atraer de nuevo a Polonia. Una fórmula evidente para hacerlo es ofrecerles más votos en el Consejo, ya que los alemanes no quieren aumentar su contribución a los fondos europeos y a los subsidios agrícolas, a pesar de las necesidades objetivas que plantea la ampliación. España podría usar a su favor este gesto y obtener un número igual de votos, convirtiéndose en el viajero sin billete o free rider de la negociación germano-polaca. Así que el nuevo Gobierno español que surja de las urnas tendrá buenas razones estratégicas para reforzar la orientación atlántica y americana de nuestro país, pero sin olvidar el escenario decisivo de la Europa central. Los españoles hemos estado ausentes varios siglos de la región, pero ahora debemos volver a pensar e influir en Mitteleuropa.