EL MUNDO se acordó de que existían cuando se emitieron las imágenes de cientos de miles de kurdos que huían de las represalias de Sadam ascendiendo lentamente por las montañas nevadas hacia las fronteras. La tragedia del pueblo kurdo conmovió a todos logrando que, por primera vez en su dramática historia, organizaciones internacionales de todo tipo se movilizaran, forzando la retirada del ejército iraquí para que ellos pudieran regresar a sus casas. A pesar de caer de nuevo en el olvido, con el establecimiento de la zona de exclusión aérea en el norte de Irak, los kurdos, protegidos de Sadam, pudieron enfrentarse a las dificultades que el embargo internacional imponía al país. No fue tarea fácil porque, además de la carencia casi absoluta de recursos básicos, los enfrentamientos entre los dos grupos políticos kurdos más importantes, a saber, el Partido Democrático del Kurdistán liderado por la familia Barzani, con una base tribal y conservadora, y la Unión Patriótica del Kurdistán, liderado por Jalal Talabani, más urbana y de tendencia comunista, impedían cualquier acción de mejora. Fueron necesarios años de desencuentros e, incluso, lucha armada, para que los kurdos de uno y otro bando firmaran una tregua que permitiera la formación de un gobierno y el inicio de la recuperación. Por todo ello, hoy, en Irak, los kurdos son los únicos que se sienten identificados con sus líderes políticos y tienen claro su concepto de nación que, muy a pesar de los árabes, no incluye al resto de Irak. Si el país no se estabiliza en un corto período de tiempo y no se les garantiza la más amplia de las autonomías, puede que, obviando el amenazante rechazo de Turquía, la legítima aspiración a ser una nación independiente deje de ser una utopía para convertirse en el inicio de otro conflicto. Puede que los chiítas tengan la mayoría en Irak, pero la llave que abre la puerta de la paz sigue estando en manos de los cuatro millones de kurdos.