CARLOS G. REIGOSA
01 mar 2004 . Actualizado a las 06:00 h.CUANDO los españoles emprendieron la conquista de Cuba, a principios del siglo XVI, apenas encontraron resistencia. El único que se opuso fue el cacique haitiano Hatuey, que había huído de los españoles y que se había refugiado en el extremo oriental de la isla. Pero este buen hombre no tardó mucho en saber que tampoco allí estaba a salvo: muy pronto fue capturado y sentenciado a morir en la hoguera por el conquistador Diego Velázquez, lugarteniente de Diego Colón, hijo del descubridor de América. Y aquí viene lo curioso. Al ser atado al palo, se le acercó un religioso franciscano y lo exhortó a morir como cristiano. Hatuey le preguntó si los españoles iban al cielo y, al respondérsele que sí, si se portaban bien, dijo que entonces él no quería ir, que rechazaba la fe que se le ofrecía, esto es, la fe del vencedor. Quinientos años después, la anécdota debería figurar en los manuales religiosos, sobre todo en los evangelistas entre cuyos fieles figura el presidente Bush, para ilustrar sobre la incoherencia suprema de querer salvar al que es condenado por quien se proclama su redentor. No sé cuántos Hatuey sacrificarán las tropas imperiales en su afán liberador-conquistador, pero es difícil no estar de su parte. Por dignidad y por respeto.