Entre la ética, el miedo y la ceguera

| FERNANDO ÓNEGA |

OPINIÓN

01 mar 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

¿DE VERDAD piensan el PP y el Gobierno que el Partido Socialista tiene algún tipo de connivencia con partidarios del terrorismo? No, no lo pueden pensar. Sin embargo, quienes hayan seguido los últimos mítines y declaraciones pueden albergar serias dudas: portavoces y ministros han escogido el argumento terrorista como eje de campaña en los últimos dos días. Con ello, todas las promesas, incluidos temas tan sensibles como las pensiones o el empleo, pasan a segundo plano. Eso, al menos, es lo que dejan ver los medios informativos. ¿Cómo se ha llegado a esa situación? Obviamente, por el brutal atentado que ETA planeaba en Madrid. Pero con un antecedente: la conversación de Carod-Rovira con la dirección de la banda. Esa conversación sale en todos los mítines, es fuente de inspiración de declaraciones y, por estar, estuvo incluso en el comunicado del ministro del Interior para dar cuenta de las detenciones de Cañaveras. Aparece a cada instante. No se desperdicia un micrófono. Es el trozo de los discursos de Rajoy que se selecciona para emitir en los telediarios. ¿Por qué ese interés? Puede haber una explicación ética: PP y Gobierno quieren contraponer el éxito policial a la actitud indigna de un dirigente que, con su acercamiento a los terroristas, les propició un mayor protagonismo. Pero es indudable que hay también un interés electoral por lo menos indecoroso. Dado que el otro aspirante, Rodríguez Zapatero, ha bendecido el tripartito y las listas conjuntas al Senado PSC-Esquerra Republicana, se trata de echárselo en cara todos los días con una única finalidad: crear desconfianza ante su persona. ¿Es legítimo? Es, por lo menos, discutible. Y muy arriesgado. El riesgo más importante es transmitir a la sociedad la idea de que ETA no sólo influye en la política vasca, sino también en la catalana. Y tampoco es pequeño este peligro añadido: en la medida en que identifican a Carod-Rovira con ETA, se está construyendo un muro de separación de esa tendencia y el Estado, que recuerda al construido en el País Vasco. Las consecuencias se empiezan a dejar ver: no existe un debate racional, sino una pura pasión que fomenta el odio del independentismo catalán hacia el gobierno del Estado y hacia lo que representa. Dado que, además, ese independentismo está creciendo en las urnas según todas las encuestas, es posible que la rentabilidad electoral del Partido Popular esté alimentando un futuro monstruo. El tiempo lo confirmará o lo desmentirá. Pero eso es lo que hoy dejan ver los estudios de intención de voto. Mucho miedo deben tener algunos estrategas del Partido Popular al resultado de las urnas para no detener ese ambiente. Mucho miedo, o mucha ceguera.