LAS PENSIONES. Éste es el núcleo del mensaje que moviliza el voto de la tercera edad, en un país con una población envejecida, que consume mucha televisión y poca prensa escrita. Se calcula que un millón de nuevos votantes pueden hacer uso de su derecho a pronunciarse ante las urnas del 14-M. Si nos creemos el contenido de las encuestas, la cuestión no está en quién ganará, sino en si el partido que gobierna volverá a repetir la mayoría absoluta. Caben dos actitudes: incorporar ese voto juvenil a la participación, o dejarlo en el terreno de la abstención pasota, propia de una generación que no tiene el más mínimo interés por la política o manifiesta su desprecio por unos políticos de los que no se fían. Los prolegómenos de la campaña han puesto sobre el tapete dos ofertas: El cambio y la continuidad. Para el PP, no es momento de discutir sobre los fundamentos de la convivencia; incluso determinadas ofertas son una aventura que impacta en el modelo económico funcionante. Para el PSOE, además de señalar a quién es más de derechas, se trata de explicar que sólo un cambio de gobierno puede garantizar la cohesión social. Después de tres años dedicado en Álava a juventud y deportes, aprendí que a los jóvenes ciudadanos que se incorporan a todos los derechos fundamentales y sociales de nuestra democracia, lo que les importa es vivir; ser para decidir su futuro, cada vez más incierto y provisional. La generación del empleo estable con salario fijo ha dado paso a la que trabaja por contratos cortos, con salarios incapaces de garantizar la independencia familiar de los nuevos ciudadanos con derecho al empleo y a la vivienda digna. Y sin embargo, posiblemente, estemos ante la generación mejor preparada, con mayor acceso a la información, y con menos trabas mentales para moverse sin fronteras, de un lugar a otro del mundo, próximo o lejano. Manejan idiomas, navegan por el ciberespacio, viajan por el mundo, se relacionan con todo. Pero su capacidad de ser para decidir sigue dependiendo del tipo de empleo que forma parte de la oferta del mercado laboral, que camina por las sendas de la precariedad. A estos jóvenes no parece importarles demasiado el debate ideológico, ni los cambios de gobiernos. Es como si no fueran conscientes de que aunque ellos pasen de la política, sus consecuencias marcan su vida y sus destinos. Si se decidieran a votar, cambiarían el mundo.