Las elecciones: las «suyas» y las «nuestras»

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

SI ZAPATERO no fuera capaz el 14 de marzo de recortar significativamente la distancia que hoy existe entre el PSOE y el PP, su situación y la de sus colaboradores más directos resultaría sencillamente desastrosa. Tanto como la de Rajoy y algunos de los suyos si el PP no consiguiera entonces una mayoría que le permita gobernar cómodamente. Tales catástrofes lo serían, desde luego, en términos políticos, para los proyectos que Rajoy y Zapatero representan. Pero, ¡ojo al parche!, las eventuales debacles socialista o popular, de producirse, lo serían también, para muchos, en términos estrictamente personales. ¿Se imaginan la inmensa frustración que debe sentir quien aspira a ser presidente del Gobierno y no lo logra; o quien tiene en mientes ser ministro y se queda con las ganas; o quien lucha por ser diputado para dejar de trabajar todos los días de 8 a 3 y ve, anonadado, que quien logra objetivo tan dichoso en su competidor de otro partido? Sí, sin duda, las derrotas políticas llevan siempre aparejadas un buen numero de dramas personales. Ya no digamos cuando quienes las sufren, por no tener, no tienen siquiera (como hoy le ocurre a varios de los nuevos dirigentes socialistas) un oficio o profesión en el que refugiarse de las duras inclemencias de la falta de apoyo popular. Ser un profesional de la política es terrible cuando la política es la única profesión que ha ejercido quien, de pronto, se ve en la perspectiva de irse a casa. Y es que en las elecciones -no deberíamos olvidarlo en estos días de campaña- pelean seres humanos, con ambiciones personales, siendo éstas las que explican, mucho más que las diferencias de propuestas o proyectos, la dureza de la pugna por el poder y sus prebendas. En general, los políticos no luchan por el poder para hacer cosas; más bien prometen que harán cosas para llegar a conquistarlo. Escuchando el discurso de campaña del PP cualquiera diría que el 14 de marzo nos jugamos la unidad de España y la pervivencia de su Constitución. Y escuchando el del PSOE cabría pensar que la llegada de Zapatero a La Moncloa nos sacará del túnel en el que al parecer nos ha metido en estos años el PP, haciéndonos pasar, por magia potagia, de vivir en el Zaire de Aznar a vivir en Canadá. Pero nada de esto -críticas, promesas o peligros- es completamente cierto. En realidad todo es una exageración consciente (y quizás inevitable) para maximizar los apoyos propios y desgastar los del contrario. Por eso nada mejor que fiarnos de nuestras propias percepciones, que suelen ser mucho más ajustadas a lo que está en juego de verdad. Que no es tanto. Aunque no sea poco, desde luego.