La capacidad de sufrimiento electoral de los españoles es encomiable, acaso por esa adolescencia postvirginal de nuestra reciente historia democrática, donde la política del pan para hoy y hambre para mañana oculta con árboles frondosos el bosque del profundo déficit democrático existente en España y que en Galicia comienza a ser patológico. Todos los electores censados sabemos a qué partido vamos a votar, conocemos contra quién vamos a ejercer el derecho cívico de la abstención. Hasta aquí llegó la riada del dos mil como se podía leer antaño en muchos pueblos anegados por las crecidas fluviales . Los ocho años de gobiernos populares coincidieron con una etapa de bonanza en la lectura económica que correspondieron a un autismo militante en el discurso político. El partido del gobierno ha sido más una cultura del poder que una estructura participativa y moderna. Quizás un exceso, un empacho de liderazgo personalista en el modelo y en su manual de usos, motivó un esquema de gestión pública poco acorde con los nuevos tiempos y la madurez de la sociedad española en su crecimiento por convertirse en una sociedad adulta. Sabemos lo que no queremos votar y a quién, aunque no encontremos acomodo al resguardo de unas siglas. Hay que reivindicar las diferencias porque, hoy más que nunca, los arcaicos -para muchos- planteamientos ideológicos han recuperado su vigencia. El enemigo está en la intolerancia, en los recortes de las libertades, en el pensamiento uniformador, en la hipercorrección política, en el machismo y en la xenofobia, en las agresiones al medio ambiente, en quienes quieren decretar el final de la historia convirtiéndonos en tontos útiles, compañeros de viaje o cuando menos abajo-firmantes a los que defendemos este argumentario. Pero yo únicamente quería escribir acerca del efecto narcotizante de tan larga como tediosa campaña electoral. De las caravanas circulando por calles y ciudades, de los mítines reiterados que no cambiaron desde hace tiempo ni la música ni la letra, del atolondramiento de los candidatos, de la actitud beatífica de los mensajes y los lemas, de las fotos y de las banderolas, del puedo prometer y prometo, de los conejos dormidos en las chisteras y del corte de cintas para inaugurar un paisaje o para instalar la lluvia en tiempos de sequía. Y del y tú más en los telediarios o de exigir la conveniencia del cuerpo a cuerpo desde los informativos radiofónicos. Del inventarse problemas inexistentes y de amortizar una guerra no elegida para justificar una truculenta historia de armas ocultas. Igual me da poner en el activo a descontar la descabellada trapisonda de un político catalán que no supo ubicarse en la historia. Historia e histeria en un momento en que no sabemos qué futuro hay que diseñar y con quién debemos hacerlo en vísperas de una Europa de veinticinco socios en el nuevo club que ahora se refunda. Desconocemos si vamos a ejercer de cabeza de ratón o de cola de león, fuera de la mesa francogermana y británica de las decisiones, cobijándonos extramuros en un rancho tejano donde nos dejan apoyar los pies en la mesita del salón. No quería escribir sobre esto y mucho menos ponerme estupendo, que era respuesta de Max Estrella a Latino de Híspalis por boca de Valle en Luces de Bohemia , quería sólo apercibirme, poner en negrita toda la parafernalia electoral que va a caer, que ya está cayendo sobre nuestras cabezas y declarar oficial, desde hoy mismo, el tedio y el aburrimiento de dos semanas últimas de campaña. Que Dios nos coja confesados.