¿QUÉ DIFERENCIA existe entre el sucedáneo de debate político al que asistimos perplejos y un programa basura de los que, por desgracia, abundan en la programación televisiva de nuestro país? Desde luego, un ciudadano que siga el desarrollo de la campaña electoral, o lo que así se denomina, tendrá serias dificultades para distinguir una cosa de la otra. A quien considere este juicio desproporcionado, me permito recomendarle que realice un repaso a la última semana de campaña. En un sólo día el presidente de la Comunidad Autónoma de Murcia llamaba borracho a Maragall, y una ministra calificaba de asesinos a los miembros de un partido democrático, que forma parte del gobierno, asimismo legítimo y democrático, de Cataluña. Dos días antes el ministro de Defensa, en el más genuino estilo del novio de la Pantoja, arrojaba una moneda a una periodista en vez de contestar a sus preguntas y, sin solución de continuidad, protagonizaba un mitin en el que, haciendo una especie de balance melancólico de su vida política, evocaba viejos clichés racistas, propios de la era colonial, para reivindicar nada menos que la dignidad nacional. Es tal la degradación política, se ha puesto tan alto el listón de la zafiedad que cabría pensar que ya hemos sobrepasado todos los límites aceptables. Pero me temo que, como ocurre con los mencionados programas televisivos, lo peor esté aún por llegar. Sin embargo, no siempre ha sido así. Nuestra joven democracia conoció en el pasado periodos serios y aun brillantes, en los que el rigor y el respeto democrático eran norma, en los que existían reglas precisas y límites morales infranqueables, y en los que la imprescindible confrontación democrática era compatible con el respeto al adversario, a la ciudadanía y al interés general. Quien violaba esas reglas era repudiado y su oportunismo ramplón merecía rechazo general. Pero la llegada de Aznar al poder ha representado un cambio cualitativo en nuestra convivencia. Con él se han difuminado todos los límites, y de las viejas reglas sólo subsinten las de la selva. Al término de esta legislatura, la primera en que la derecha dispone de mayoría absoluta, se puede afirmar, lejos de apriorismos políticos y prejuicios ideológicos, que Aznar y el PP se han comportado como un potente inmuno-depresor de la democracia española y han puesto en marcha un proceso involutivo que afecta las líneas fuerza que dieron vida e impulso a nuestra democracia. Es la consecuencia lógica de la acción de un Gobierno y de un presidente autoritarios que confunden mayoría absoluta con poder absoluto, que detestan el pluralismo político, que consideran a la oposición como un peligro para España y, por tanto, no conciben la alternancia, salvo como delito de lesa patria. Por eso, cuando han visto la posibilidad real de que la oposición les dispute la victoria electoral han desempolvado la política de destrucción del adversario y se muestran dispuestos a todo, incluido el juego sucio y deterioro del sistema democrático, con tal de perpetuarse en el poder. Con su actitud, Aznar está poniendo en peligro el consenso y el bloque político que dió soporte a nuestra Constitución, al que debemos el periodo más largo de paz civil que ha vivido nuestro país en toda su historia. Tal es la responsabilidad de este hombrecito irrelevante que, utilizando palabras de Churchill, sólo tiene motivos para ser modesto. El próximo 14 de marzo los ciudadanos tienen la oportunidad de recuperar las mejores tradiciones de nuestra democracia. Porque, no siempre ha sido así.