AYATOLÁS del chiísmo, talibanes y ulemas del sunismo, se pongan como se pongan los musulmanes, a la hora de cerrar el paso a la libertad política, a la democracia y los derechos individuales, todo, en la práctica, viene a ser lo mismo: cerrazón y mística confusa. Se ha vuelto a ver ahora, en el gran simulacro electoral de Irán, con las candidaturas pasadas por la fumigadora de los Guardianes de la Constitución. Han sido, por consecuencia, las urnas del hastío y de la abstención infinita. Como el aceite y el agua, no casan el Islam y la democracia. Ha ocurrido en el Irán de los antiguos persas, volverá a ocurrir, a poniente del Chat el Arab, cuando los chiíes masacrados por Sadam acaben por imponer unas elecciones que los llevarán al poder, porque son la comunidad iraquí más numerosa. Y más de lo mismo habrá de pasar cuando en los Estados del Golfo se impongan las urnas democráticas. El experimento será secuestrado por los ulemas y doctores de la ley coránica. Las madrasas o escuelas islámicas no cesarán en la indoctrinación integrista, cualesquiera que sean las variantes de ésta. Pero aunque las madrasas no estuvieran, la implantación allí del sistema democrático es de casi imposible viabilidad, porque no están dadas las condiciones para que arraigue: además de no estar las que se necesitan, se dan las condiciones contrarias, es decir, las que obstan y son beligerantes contra la democracia. Ni existe un respeto para los derechos humanos ni existe tampoco el entramado institucional del Estado de Derecho. Sin éste, sin seguridad jurídica, no cabe pensar en libertad política y democracia. Cabe un Estado de Derecho sin democracia; pero no cabe democracia sin Estado de Derecho. Eso lo saben muy bien en Irán, donde los Guardianes de la Constitución no son, ciertamente, magistrados de un tribunal de garantías constitucionales.