HACE UNA DÉCADA, en el marco del plan Compostela 93-99, el Ayuntamiento de Santiago tomó la decisión de concertar el planeamiento con el proyecto arquitectónico a través de una serie de encargos para intervenciones singulares. Distintos arquitectos se pusieron a trabajar para dar un vuelco a lo que había sido hasta entonces la construcción de la ciudad. De esta lista puede citarse, entre otros, a Hejduk con el centro sociocultural de A Trisca, Grassi con el colegio Reina Fabiola, Siza en el parque de Bonaval, Kleihues con el pabellón de Sanclemente, Lampugnani con un pequeño proyecto urbano, Noguerol y Díez con el Palacio de Congresos, Piñón y Viaplana con la dársena de Xoán XXIII, Albalat con el estadio de San Lázaro, Isozaki y Portela en la finca de Vista Alegre. Una de las experiencias interesantes fue la realizada con Norman Foster para el puerto de telecomunicaciones del monte Pedroso. La operación tenía sus dificultades técnicas y económicas, sobre todo las derivadas del necesario traslado de las instalaciones de las actuales antenas, pero tres años de trabajo pudieron haber culminado en la ejecución de la obra, de no haberse malogrado el acuerdo político final. De aquel proceso destaco el valor de la idea matriz en la arquitectura. Después de una reunión en su estudio a orillas del Támesis, Norman Foster nos sorprendió con un boceto de cómo iba a ser el edificio, una plataforma elíptica suspendida en el aire por dos esbeltos pilares y coronada por un par de mástiles, como un eco de las torres de la catedral, en el eje de poniente, con sus luces y su mítica orientación. En ambos extremos de la elipse se ubicaban las áreas tecnológicas para televisión y telefonía. El centro y un deambulatorio que rodeaba toda la plataforma era una zona pública llamada a convertirse en un punto de atracción turística, ya que dominaba una perspectiva bellísima de la fachada occidental del conjunto histórico, donde los líquenes adquieren su especial tonalidad dorada y, además, en la otra vertiente los días de buena visibilidad podría verse el mar. Precisamente, Mirar al mar fue el nombre que se le dio a aquel diseño, plasmado más tarde en una atractiva maqueta que se presentó en exposición pública. Casi como una leyenda urbana, en el imaginario compostelano se mantiene todavía, sin perjuicio de su forma y de su explícita vocación de plataforma, el recuerdo de «la torre de Foster». Aquel proyecto que tanta ilusión y controversia suscitó en su día es, además de un buen exponente del valor prospectivo de la idea, una expresión de la capacidad generatriz del trabajo en equipo, con unos gabinetes de arquitectura e ingeniería de alto nivel y con los gestores municipales, desplegado tanto en la preparación constructiva y tecnológica como en su planteamiento urbanístico y económico. Aprendimos mucho de aquella experiencia desarrollada entre Compostela y Londres. Durante algún tiempo soñamos con ver aquel edificio convertido en realidad, como un nuevo hito en el horizonte urbano, y todavía hoy algunos miramos hacia la cima del Pedroso, erizada de las familiares antenas, no sin nostalgia de lo que pudo haber sido.