AL FINAL de la semana, se impone un balance. Nunca una acción terrorista había sido tan utilizada con fines electorales. Nunca había dividido tanto a los demócratas. Nunca había enfrentado a los dos partidos llamados a alternarse en el gobierno de la nación. Nunca había roto acuerdos y puentes de diálogo entre ambos. Nunca había sido utilizada en clave de lucha por el poder. Los políticos que se suponen más serios y rigurosos de España le han regalado una gran victoria a una banda de criminales. En la última crónica lamentábamos que el PSOE nos diera pocos argumentos para defenderlo. El otro partido, el PP, nos da motivos de inquietud. Tiene la razón formal. Es inteligente, por cuanto aprovecha el gol que Maragall se ha dejado meter en propia puerta. Pero permítanme algunas dudas. No entiendo cómo desde el Palacio de La Moncloa se negó al PSOE una respuesta conjunta al comunicado de ETA, con esta explicación partidista: «Eso no se le puede pedir al Gobierno en estas circunstancias». No entiendo cómo el Fiscal General del Estado inició acciones legales contra la televisión vasca en una anterior emisión de un comunicado de ETA, y ahora no sólo no ve los indicios de delito de apología del terrorismo de entonces, sino que permite que ese vídeo se muestre en todas las televisiones y a todas las horas. No entiendo cómo se niega la celebración de una reunión del Pacto Contra el Terrorismo que pide el PSOE. Si es cierto que los socialistas catalanes han violado ese acuerdo, y ese acuerdo sigue vigente, lo único honesto sería examinarlo en una reunión de los firmantes. No entiendo cómo los responsables de medios informativos audiovisuales, públicos e institucionales, han permitido que algunos de sus debates y tertulias se hayan convertido en un foco de intoxicación y mentira, donde ayer se llegó a escuchar que la Ejecutiva del PSOE había dado el visto bueno a las conversaciones con ETA. No entiendo cómo algunos señeros profesionales de la información se han dejado convertir en puros terminales y altavoces del poder en una clamorosa renuncia a la neutralidad. No entiendo qué sentido de la honradez tienen los candidatos que no dudan en manipular la realidad de lo ocurrido en Perpiñán, en un ejercicio impúdico de falta de ética y a cambio de un puñado de votos. Y no entiendo cómo tantos dirigentes políticos se empeñan en hacer de Esquerra Republicana la Herri Batasuna de Cataluña. ¿Qué harán cuando se pongan a contar los votos que han regalado a ERC el 14 de marzo? ¿Los van a computar como etarras? No, ¿verdad? Pues hay discursos del PP que invitan a computarlos así. Y a eso, yo, no le puedo llamar responsabilidad. Y menos, responsabilidad de Estado.