LO DIFÍCIL no fue conseguir que se multiplicasen los panes y los peces. Lo complicado es lograr que cada mañana no resuciten las dos Españas, a las que se refería Fernando Ónega en estas mismas páginas. Lo difícil es alcanzar que cada vez que la sociedad da un paso hacia la normalidad, no surja la oposición de quienes pretenden mantenerse anclados en los rancios patrones del pasado. La sentencia que concede a una pareja navarra de lesbianas la patria potestad de dos gemelas, vuelve a colocar frente a frente a esas dos partes de España que entienden de distinta manera los modelos de familia. Y los que muestran su férrea oposición recurren a argumentos trasnochados para su defensa. No es coherente que mientras las leyes españolas consienten la adopción de niños a solteros y viudos y la inseminación artificial a madres solteras, se opongan a la adopción por parejas del mismo sexo. Como no lo es decir que los niños necesitan de una figura materna y paterna para desarrollarse cuando un alto porcentaje carece de alguno de ellos, por fallecimiento, separación o divorcio. Sostienen los críticos con la decisión judicial que lo ideal es que los pequeños gocen del cariño materno y paterno. Evidentemente. Lo ideal es eso. Y además que no sean huérfanos, estén escolarizados, bien alimentados, no trabajen, no sufran malos tratos, no vivan en un ambiente hostil y que los Reyes Magos les traigan todo lo que pidan. Pero esa no es la realidad. Lo que hay que preguntarse es: ¿Vive en peores condiciones un niño adoptado por una pareja de gays o lesbianas que uno que padece las malas relaciones de sus padres? ¿Están peor dotadas las parejas homosexuales que las tradicionales para el cariño y educación? Si dos mujeres no pueden educar a un niño, ¿por qué puede hacerlo un hombre que abofetea todos los días a su pareja?