Déficit democrático

MANUEL MARLASCA

OPINIÓN

PARECE COMO si la proximidad de unas elecciones generales hiciera despertar de una especie de letargo a periodistas y medios que, de pronto, empiezan a echar en falta lo que, con el clamoroso silencio de los unos y de los otros cuando no de la complicidad o como mínimo de la cooperación necesaria, se ha convertido de hecho en el gran déficit de nuestra espléndida y joven democracia: unos medios de información contrapoder de los otros tres. Y no escribo de falta de libertad, porque jamás disfrutó de tanta en nuestro país el periodista y, en consecuencia los medios; o, si se prefiere, los medios y, en consecuencia, el periodista. ¿Qué ha pasado entonces?, cabe preguntarse desde la excepcionalidad que, entre otros, supone La Voz de Galicia en un panorama más para el desaliento que para la esperanza. Ese gallego sabio que es Ignacio Ramonet, director de Le Monde Diplomatique , lo explica muy bien: «Últimamente, de ser un cuarto poder que se oponía a los otros tres, los medios son un cuarto que se suma a los tres para oprimir también a los ciudadanos. Hemos conseguido que no haya trabas a la libertad de expresión; pero hay muchos grupos que utilizan ese espacio para darse más poder y no elaborar una información que sirva al ciudadano, sino que sirven a su propio grupo». Y Ramonet pone como ejemplo paradigmático el de Berlusconi en Italia, que aprovechó primero su enorme fortuna para comprar medios, y luego utilizó éstos no en provecho de los ciudadanos, como contrapoder de los tres poderes clásicos, sino para alcanzar el poder político. En España no hemos llegado todavía a tanto, aunque el Consejo de Europa ya nos ha puesto en pie de igualdad con Italia por lo que se refiere a la manipulación de los medios públicos de comunicación. Que después del ejemplar papel que periodistas y medios de comunicación jugaron en la transición política española, los propios profesionales tengamos que plantearnos las razones del letargo en el que nos vemos ahora sumidos no deja de ser paradójico. Pero si como mensajeros no nos gusta que en ocasiones se nos culpe de las malas noticias que portamos, no culpemos ahora a los demás de lo que con toda probabilidad es fundamentalmente culpa nuestra. En estos casos la autocrítica puede ser un buen comienzo para una adecuada terapia.