LA PRECAMPAÑA electoral ha alcanzado ese punto de inflexión en el que los candidatos a presidir el futuro Gobierno de España empiezan a dejar de explicar sus compromisos para ir concentrándose progresivamente en erosionar la posición de su contrario o contrarios. El primero en abrir fuego en esta línea está siendo el PSOE, que trata de apiñar y aglutinar sus esfuerzos en el sentido de responsabilizar a Mariano Rajoy de todo lo que no ha ido bien en los últimos ocho años. Así figura en la guía de campaña para todos los candidatos socialistas. Todos los errores deben ser inscritos, una y otra vez, en el currículo del candidato popular. Pero también la precampaña de Mariano Rajoy se acerca a este punto. Después de un tiempo dedicado a exponer su proyecto, haciendo en muchos casos oídos sordos a cuestiones planteadas por otros, ahora se enfrenta con ese momento, más desordenado, menos controlable, en el que, además de explicar lo que quiere hacer, va a entrar «en el fragor de la batalla», aceptando que con ello «la discusión dialéctica sube de tono», según ha confirmado el director de su campaña, Gabriel Elorriaga. Si se repasan las declaraciones de Rato, Mayor Oreja y Arenas de este fin de semana, se percibe con claridad el cambio. Sus mensajes se han concentrado en Zapatero y en los que creen que son sus puntos débiles: la unidad de España y la ausencia de una política de creación de empleo. Es la línea que en días pasados abrió Aznar, cuando algunos comentaban que parecía el único dirigente popular en campaña. No será así. Rajoy, sin abandonar su talante sosegado (no sería inteligente abandonarlo cuando es uno de sus valores), empezará a sembrar de declaraciones contundentes el espacio que ahora están abonando cuidadosamente los prohombres de su partido. Zapatero ha empezado a responder a los ataques. «Merecemos una España mejor», dice uno de sus lemas, y pregunta por qué al Partido Popular le molesta tanto que incluya la palabra España, que ha sido, es y será su «principal afán» político. Es el juego dialéctico. Bienvenido sea. Pero prepárense para oír lo mismo hasta el agotamiento.